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V. EL PRIMER PASAJE UTÓPICO ESPAÑOL OFRECE RIBETES DE CIENCIA FICCIÓN

Fray Antonio de Guevara es el reconocido autor del primer pasaje utópico de la literatura española, que ofrece ribetes de lo fantástico que hoy se encuentran en la ciencia ficción, tales la limitación de la vida a cincuenta años para los hombres y a cuarenta para las mujeres o la prohibición bajo pena de muerte para el recién nacido de tener más de tres hijos por matrimonio.

Lo menciona Versins en su Enciclopedia, que no es sólo de ciencia ficción sino, primeramente, de utopías y viajes extra-ordinarios, de donde ha bebido algún crítico español del género. Sin embargo, la relación de Guevara con lo fantástico es tangencial, pues sólo lo toca en un punto, pero si la auctoritas de Versins lo considera, bien puedo tratarlo yo con algo más de detalle y corrigiendo algún error del francés.

"Yo, señora, soy en profesión cristiano; en hábito, religioso; en doctrina, teólogo; en linaje, de Guevara; en oficio, predicador, y en opinión caballero y no comunero". Así se definía fray Antonio a sí mismo en carta dirigida a la sí comunera María de Padilla1.

De una rama secundaria de una familia noble, nació Guevara en Treceño (Cantabria) hacia 1480 y a los doce años su padre lo llevó a la corte de los Reyes Católicos, que tuvo que dejar en 1506, a la muerte de Felipe el Hermoso, ya que la familia Guevara había sido decidida defensora de la causa flamenca. Tomó entonces el hábito de San Francisco y dice en el prologo de Menosprecio de corte y alabanza de aldea: "Estando yo en mi monasterio, asaz descuidado de tornar más al mundo, sacóme de allí, para su predicador y cronista, el emperador don Carlos, mi señor y amo, en la corte del cual he andado dieciocho años, sirviéndole de lo que él quería, aunque no como yo debía". Fue predicador real, cronista y consejero de Carlos V, inquisidor de Valencia, obispo de Guadix entre 1529 y 1537, y de Mondoñedo entre 1537 y 1545. Murió en ese año y ciudad y fue enterrado en Valladolid.

Él mismo refiere sus andanzas, contando que residió en Alemania, Roma y París, siguiendo a la corte, y desempeñó mandatos ante el rey de Inglaterra y las señorías de Venecia, Génova y Florencia. Intervino como mediador en la guerra de los Comuneros, acompañó a Carlos V en su visita a Túnez (1535-36) y vivió casi siempre lejos de sus sedes episcopales.

A más de fundar una imprenta, escribió muchos libros, de los que a nosotros nos interesa el llamado Libro áureo de Marco Aurelio o Relox de príncipes,según un error que se arrastra de siglos, pues se trata de dos libros diferentes. Un día Guevara decidió novelar la vida del emperador Marco Aurelio, según un manuscrito que decía haber encontrado en la biblioteca de Cosme de Medici, y las copias, primero manuscritas y después impresas con el título de Libro áureo de Marco Aurelio (1527), empezaron a circular con gran éxito por la corte.

Pero nuestro autor estaba ya trabajando en una nueva redacción del mismo, que tenía una extensión triple y sólo recogía la mitad del texto anterior, ya que el resto lo reelaboró o lo suprimió. La princeps editio de este libro la hizo Nicolás Thierry en Valladolid en abril de 1529 y se tituló Relox de príncipes: Guevara lo dedicó a Carlos V, que sentía verdadera pasión por los relojes, para que al igual que éstos regulan la vida de los hombres, su libro regulara la educación del príncipe y de todo el pueblo cristiano. Cinco meses después lo reimprimió en Lisboa Germán Gallarde, quien, para explotar el éxito del Libro áureo, llamó al nuevo Libro del eloquentíssimo Emperador Marco Aurelio con El Relox de príncipes, duplicidad de títulos que se ha arrastrado desde entonces para confusión de muchos.

Los tres libros de que consta el Relox exponen en veintidós cartas y veinte discursos las ideas de Guevara. La carta era un recurso retórico medieval muy empleado -el escritor profesional de cartas era imprescindible en las cortes del siglo XVI- al tiempo que los pronunciadores de discursos iban abandonando el servicio de la Iglesia para pasar al de los reyes: Guevara era predicador y escritor.

Entre las ideas en que abunda el libro primero figuran las de las novedades como causantes de la destrucción de la república y la lamentación por la edad de oro perdida, que se rematan en el discurso del sabio garamante a un Alejandro ávido de poder.

Su éxito fue tal que se sucedieron las ediciones y se tradujo rápidamente al latín, italiano -lo conoció Doni-, francés, inglés, alemán y varias lenguas más. Según Cejador, fue "la biblia y el oráculo de los cortesanos y la admiración de los letrados y escritores".

En su estilo abundan los artificios retóricos, sirviéndose de todos los recursos de la oratoria sagrada para contribuir a su mayor ampulosidad. Algunos críticos han censurado agriamente su prosa recargada, como el propio Cervantes, que ironiza sobre él en el prólogo del Quijote, mientras que otros le encuentran valores estilísticos, como Menéndez Pidal, que dice que escribía como hablaban los cortesanos elocuentes de su época. El autor, que se sentía orgulloso de su estilo alambicado, se sirve de algunos autores clásicos, como Jenofonte, Diógenes Laercio o Plutarco -emplea con frecuencia el apotegma plutarquiano, aunque modificándolo siempre que le conviene-, y reproduce continuamente citas de autores falsos, sin el menor respeto por la verdad histórica, lo que muchas veces da origen a anécdotas amenas que presentan así una apariencia de verosimilitud. No cabe duda de que contribuyó a resucitar el interés por la Antigüedad.

Se han estimado en cerca de una treintena los autores falsos que aparecen en el Relox y en no menos de sesenta los libros inexistentes que menciona, pero todas las citas están bien traídas y en consonancia con el texto, casi siempre en sentido moralizante. Alguna vez, además, deforma la Historia en su provecho, verbigracia para agradar al Emperador y conseguir que lo nombrara consejero, cosa que efectivamente hizo.

Pedro de Rhúa, en sus Cartas de Rhúa, lector en Soria, sobre las obras del Reverendísimo señor obispo de Mondoñedo (Burgos, 1549), le hace objeto de uno de los ataques más furibundos que nunca antes recibiera un escritor con respecto a sus falsedades, encontrándole "más de cien lugares dignos de enmendación".

Guevara se curaba en salud afirmando que sólo creía en la Sagrada Escritura, por lo que no encontraba razón para contenerse cuando de su propio caletre inventaba casos más a propósito de los que hallaba en las historias y autores verdaderos. Aunque no se puede fiar uno demasiado de nuestro fraile, hay que reiterar que el artificio es muchas veces más entretenido que la realidad. Inventaba, no historiaba; atribuía citas, hechos y dichos sin el menor rubor a quien le parecía, colgándole frases a Platón o Aristóteles, que eran sus filósofos favoritos.

Cuando publiqué este artículo en una revista -valga el excurso-, por ver de animar a algún lector a dar señales de vida, dije que se aceptaban apuestas sobre si defendía el control de la natalidad y la eutanasia activa, pero ni recibí ninguna respuesta ni van por ahí los tiros. Como escribe Trousson en su Historia de la literatura utópica "es dudoso que el obispo español propusiera en ellos (los garamantes) un modelo que imitar: muestra tan sólo seres que viven según la ley natural, es decir, en un estado de hecho antisocial".

Decía el santo Moro que los utopianos no conocían la revelación divina y cada uno vivía feliz en el culto que prefería, lo que no debía entenderse como un ideal a seguir, y cosa parecida cabría decir de Guevara, que había leído Utopia.
Resta añadir que el retrato de los salvajes que presenta, tan juiciosos y a la vez tan crueles, debe bastante a las noticias que llegaban de los indios de la recién descubierta América.

El capítulo XXXI del libro I del Relox se encabeza: "Cómo el Magno Alexandro, después que venció al rey Darío en Asia, fue a conquistar la gran India, y de lo que le aconteció con los garamantes (, y cómo tiene más fuerça la buena vida que ningún aparato de guerras)". Y se inicia con la decisión de Alejando de marchar a conquistar la India "porque los coraçones superbos alcançando lo que deseavan mucho, luego comiençan tenerlo en poco". El rey está ávido de poder, "como tuviese jurado y a sus dioses prometido no avía de aver más de un Imperio, y éste que avía de ser suyo, y que jamás ponría los pies en reyno ageno que no quedase por suyo".

Un sabio anciano le informa de las extrañas costumbres de unos salvajes desconocidos que viven en una especie de paraíso -por más que un tanto simplista y poco coherente- y pronto se topa con los garamantes, un pueblo mencionado por los clásicos por no relacionarse nunca con otros pueblos ni empuñar las armas ni para defenderse. Parece ser que vivían en Libia y donde los sitúa Guevara habitaban los maságetas, pero esto tiene sin cuidado al autor. Y el portavoz de los garamantes dirige un duro alegato a Alejandro, cuya plática discurre en los dos capítulos siguientes. Expone en ellos las leyes por las que se gobierna su gente, diciendo así:

"Vosotros los griegos, llamáys a nosotros los destas montañas bárbaros, y en este caso digo que nosotros holgamos ser bárbaros en las lenguas y ser griegos en las obras, y no como vosotros, que tenéys las lenguas de griegos y tenéys las obras de bárbaros; porque no es bárbaro el que obra bien y habla mal, sino el que tiene la lengua aguda y tiene la vida mala2. Pues lo he començado a causa que no quede de dezir ninguna cosa, quiero dezirte que tal es nuestra ley y nuestra vida, y no tengas en mucho oyrlo dezir, pero ten en mucho verlo guardar; porque las obras de virtud infinitos son los que las blasonan y muy pocos los que las guardan. Hágote saber, Alexandro, que nosotros tenemos poca vida, tenemos poca gente, tenemos poca tierra, tenemos poca hazienda, tenemos poca codicia, tenemos pocas leyes, tenemos pocas casas, tenemos pocos amigos y, sobre todo, carecemos de enemigos3, porque el hombre cuerdo ha de ser amigo de uno y enemigo de ninguno. Junto con esto tenemos entre nosotros mucha hermandad, tenemos mucha paz, tenemos mucho amor, tenemos mucho asosiego y, sobre todo, tenemos mucho contentamiento; porque más vale la quietud de la sepultura que no sufrir la vida descontenta4. Nuestras leyes son pocas, y a nuestro parecer son buenas, las quales se encierran en siete palabras5."

Estas leyes se pueden resumir diciendo que son sólo siete porque, cuando son más, el pueblo las olvida. Visten todos la misma ropa en señal de igualdad y aborrecen el lujo, la mentira y la guerra. La mujer a los cuarenta y el hombre a los cincuenta son sacrificados a los dioses porque los seres humanos se vuelven viciosos cuando viven más. El cuarto hijo y los demás, si los hubiere, son igualmente sacrificados para seguir siendo pocos, con pocas casas y pocas tierras. Su literalidad es ésta:

"Ordenamos que nuestros hijos no hagan más leyes de las que nosotros sus padres les dexamos, porque las leyes nuevas hazen olvidar las buenas costumbres antiguas.

"Ordenamos que no tengan nuestros sucesores más de dos dioses, el un dios será para la vida y el otro (dios) para la muerte; porque más vale un dios servido de veras que muchos dioses servidos de burla.

"Ordenamos que todos se vistan de un paño, se calçen de un modo, no tengan ninguno más vestido uno que otro; porque la vanidad de las vestiduras engendra locura en las gentes.

"Ordenamos que ninguna muger esté casada con su marido más años de quando oviere parido tres hijos, porque la abundancia de los hijos haze a los hombres ser codiciosos; y si alguna muger pariere más hijos, delante sus ojos sean a los dioses sacrificados.

"Ordenamos que todos los hombres y mugeres sobre todas las cosas traten verdad, y si alguno tomasen en mentira, sin tomarle en otra culpa muera porque dixo mentira; porque solo un hombre mentiroso abasta a perder un pueblo.

"Ordenamos que ninguna muger viva más de quarenta años y el hombre viva hasta cincuenta, y, si entonces no fueren muertos, sean a los dioses sacrificados; porque gran ocasión es a los hombres para ser viciosos pensar que han de vivir muchos años6."

 

NOTAS

1. Guevara, Antonio de. Epístolas familiares, I, 47.

2. Este discurso está en relación con el del Villano del Danubio, muy importante en el libro tercero, al que Marco Aurelio presenta así: "Por cierto, quando yo le vi entrar en el Senado, imaginé que era algún animal en figura de hombre, y después que le oý lo que dixo, juzgué ser uno de los dioses, si dioses ay entre los hombres".

3. Este párrafo está inspirado, expresión por expresión, en la alocución de Dídimo a Alejandro, versión castellana de Valerio Máximo, que por una vez Guevara simplifica y no amplifica: "De lo que razonable vejez nos consiente non vivimos [más], la tierra no rompemos ni le quitamos su natural belleza, ygual pobredad nos faze a todos ricos, sin codiciar algo vivimos contentos de lo que nos ha dado natura, no avemos salvo una ley, la qual es no fazer contra el derecho de natura, [no] fazemos edificio alguno, ningunas armas por ende usamos, no con ninguno nos combatimos". Nuestro autor añade al hecho de que tienen poca vida que tienen poca gente, quizás para preparar el camino a sus leyes sobre la limitación de edades e hijos.

4. Guevara está muy influido por el pensamiento estoico de Séneca. Esta sentencia no está lejos de la expresión del filósofo de que es preferible la dignidad del suicidio a la amenaza cotidiana y la de que la muerte es puerta de la única verdad y del reposo eterno.

5. El 7 es el número guevariano por excelencia. Aquí anuncia siete leyes y luego sólo enuncia seis, por lo que algunas ediciones posteriores han enmendado el número. O bien el autor pensó que iban a ser siete y después no escribió más que seis -de lo que era perfectamente capaz- o se ha perdido texto. Todas son invenciones, ninguna aparece citada por nadie en relación con los garamantes ni los maságetas, responden tan sólo al ideario del autor.

6. Isaac Asimov, en su novela Un guijarro en el cielo (Pebble in the Sky, 1950), describe un Tierra escasa en recursos donde se elimina a las personas al cumplir los 50 años, edad que se rebaja a 21 en el libro y 28 en la película La fuga de Logan (Logan's Run, 1957), de William Francis Nolan y Georges Clayton Johnson, cifras que dejan a Guevara más cerca de Asimov que de Nolan&Johnson.

 

 
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