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Ángel Ganivet, escritor y diplomático español, nació en Granada en 1865 y murió en Riga, Letonia, en 1898, al arrojarse al río Dvina a los treinta y tres años de edad, perdiéndose así el que hubiera podido ser el guía literario de toda una generación. Espero tratar largamente de él en la reseña de La conquista del reino de Maya por el último conquistador español, Pío Cid y Los trabajos del infatigable creador Pío Cid.

Pío Cid, adelanto, se ha entenado mayormente como un alter ego de Ganivet. El reino de Maya es un reino imaginario de África donde, jugando el papel de un Sumo Sacerdote, promueve una serie de reformas e intenta tecnificar e industrializar el país en un proceso que desemboca en un fracaso cercano al ridículo: es una distopía que satiriza ácidamente la colonización del Congo Belga, entonces en el candelero. Los trabajos... es una novela autónoma e independiente con el mismo protagonista. La temprana muerte de su autor nos dejó sin saber si habría habido más novelas del ciclo del piadoso y guerrero Pío Cid.

En su ciudad natal Ganivet fue el animador literario de un grupo de escritores que cuajó en El libro de Granada, en el que su protagonismo fue absoluto. Se tiró en 1899 en la imprenta de la Viuda e Hijos de P. Sabatel (Mesones 52), obviamente de Granada. Lo componen ocho capítulos de cuatro relatos cada uno, firmados por Ángel Ganivet, Gabriel Ruiz de Almodóvar, Matías Méndez Vellido y Nicolás Mª López. La cubierta es obra de Isidoro Marín y éste y otros tres dibujantes ilustran los textos. Figura en él un cuento corto, de apenas nueve páginas, que podríamos decir de proto ciencia ficción.

Han transcurrido treinta siglos y un sabio invita a un poeta a visitar las ruinas de Granada. Goza el sabio con los restos
de las ciudades destruidas por una catástrofe, como Pompeya, Londres o Granada, particularmente de éstos. Porque a los habitantes de Pompeya los avisó el Vesubio con tiempo para huir y aún más a los de Londres el progresivo hundimiento de su suelo en el mar. Pero Granada fue víctima de un súbito volcán que sepultó la ciudad bajo la lava sorprendiendo a sus habitantes en la postura en que estaban.

Pagan 5.072 plómetros y suben a un pequeño aerostato que asciende remolcado por un globo gigante y, tras una feliz navegación, alcanzan Granada en una noche de luna y de silencio. El poeta cree ver una estatua yacente que el sabio le explica que es un puente sobre el río que atravesaba la ciudad, dos manos cruzadas que son la catedral y, en los hombros de la mujer, un almohadón rojizo que son los restos de la Alhambra.

Cuando clarea el día descienden a tierra en la almohada en que el poeta creyó ver que reclinaba su cabeza la estatua de la mujer yacente, símbolo de la ciudad muerta, donde sólo permanecen en pie unos torreones desmochados y casi cubiertos por la vegetación. El poeta saca una cajita de ébano, mira botoncito brillante y fija en él su pensamiento, lo que basta para que se encienda e inicie su canto melancólico el ideófono. Es un invento del futuro que convierte los pensamientos en versos recitados en voz alta, accionado tan sólo por la mente:        

"Qué silenciosos dormías,
torreones de la Alhambra...

El sabio lo interrumpe alborozado para exclamar que ha encontrado una especie de covacha en la que se hallan cuatro momias petrificadas, perfectamente conservadas, que representan cuatro tipos diferentes del hombre microcéfalo que vivió en el mundo en la Edad Metálica, la que se extiende desde el siglo XIX hasta el XXII. Estos individuos habían llegado a cierto grado de evolución cerebral que los aproximaba al hombre ápodo, al hombre sin pies de la Edad Cinemática de siglos posteriores. Las cuatro momias tienen la boca más grande que los ojos, señal evidente de que se ocupaban más de comer que de ver, y todas llevan barba, señal de que en su época no había barberos. Son ironías frecuentes en estas narraciones de interpretación del pasado.

La primera momia que examinaron tenía extraordinariamente desarrollada la circunvolución cerebral superior, lo que indicaba que debió ser un ser vertical o humorista, como entonces se les llamaba, es decir, un individuo que permanecía siempre de pie, como los gatos, fueran como fueran los accidentes de la vida-

Atendiendo a la lisura y redondez de su cráneo, la segunda momia era sin duda la de un hombre horizontal o perezoso de los que aún se encuentran algunos ejemplares vivos en el interior de Arabia, donde se les puede ver continuamente tumbados a la larga, soñando melancólicamente a la espera del Paraíso que de muy antiguo se les tiene anunciado por los dioses a que rinden culto.

La tercera momia presentaba una curiosa columna vertebral, en forma de arco, perteneciente a un hombre curvo u optimista, propenso a la vida agradable y risueña, y poco apto para los trabajos que requieren energía y constancia.

En cuanto a la última momia, tenía fuertemente acusada la circunvolución cerebral posterior, asiento de la sensibilidad, y su cráneo era aplanado con pequeñas angulosidades, lo que denotaba un carácter invertido o pesimista, aficionado a ir contra corriente, un tipo de energía insubordinada e infecunda por falta de adaptación al medio.

El sabio concluyó que, si aquellas momias representaban a los habitantes de Granada, no habría habido medio de que en esa ciudad se hiciera nada bueno ni útil, por lo que la erupción del volcán fue acaso providencial, demostrando una vez más la acción vigilante, saludable y benéfica de Dios sobre sus criaturas...

El poeta lo escuchó todo en silencio y luego requirió su cajita, mirando tristemente al ideófono, que entonó lentamente la canción de la piedra:

"Vida y muerte sueños son
y todo el mundo sueña.
Sueño es la vida en el hombre,
sueño es la muerte en la piedra..."

 

 

 

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