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La casi desconocida Tierra nº 2 [1] la escribieron dos galenos, los doctores Torres y Oliver. Federico Torres Oliveros (Berja, Almería, 08.10.1898 - Madrid, 08.06.1954), médico homeópata que fue de la Asociación de la Prensa, casado y con tres hijos, residía en Madrid desde 1928, en la calle Martínez Campos 53, donde tenía también su consulta. Federico Oliver Cobeña (Madrid, 25.11.1902 - Madrid, 25.12.1978), hijo del escultor y dramaturgo Federico Oliver y de la actriz Carmen Cobeña, internista, fue Inspector General Escolar -cuerpo en el que ingresó por oposición con el nº 1- y Jefe de Consulta del Seguro de Enfermedad; casado y con dos hijos, residía y tenía su consulta en la capital, primero en Federico Mistral 25 y luego en Fernán Caballero 60.

Los autores definen su obra como una novela fantástica de tipo científico-humorístico, un género que proliferó en España por entonces y al que temo. Se publicó en 1933 con un prólogo que Oliver padre arrancó a Alberto Insúa [2], en el que éste escribe que, antes de leer el manuscrito, pensaba decir a sus autores que abandonaran el camino de Apolo y siguieran en el de Esculapio, mas al leerlo le sedujo: se trata de un prólogo de compromiso. Oliver Cobeña escribió algunas obras más y no sé de ninguna otra de Torres Oliveros.

Es una novela que hay que reseñar por la originalidad de su planteamiento y la ambición de su propósito, con aciertos parciales, pero que no conseguida del todo. Se ocupa de fustigar la sociedad de su tiempo, bien que llevándola a extremos del absurdo  y proponer cómo se podría alcanzar una nueva, radicalmente distinta, para al final dudar de que fuera mejor. Siempre con esa intención, sus cinco capítulos se suceden un tanto deslavazados, sin demasiada ligazón entre ellos.

Parece como si un autor hubiera escrito unas páginas, quizá un capítulo entero, y el otro otras tantas, sin solución de continuidad con las anteriores. A veces parece también que entre las páginas escritas por el uno, el otro ha intercalado detalles que rompen un tanto su ritmo y estilo.

En el primer capítulo, el paquebote Aigle zarpa de El Havre para arribar a Nueva York y, a poco de iniciar la travesía, recoge de una embarcación a la deriva a un hombre y dos bellas mujeres. Él es Alberto Nájera, que va a ser uno de los protagonistas de la historia  y de ellas no se vuelve a saber.

Dr. Torres Oliveros

Al español le ofrece una plaza en su camarote el ex sacerdote polaco Iván Brawdovski. Entablan una gran amistad y nuestro compatriota cuenta a su anfitrión cómo ha llevado una vida mujeriega hasta que, tras luchar en la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un misógino que se embarcó en un  pequeño yate como navegante solitario. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al despertar del sueño de su primera noche, descubrió que compartía el barco con dos mujeres que habían destrozado los instrumentos de a bordo y pretendían entablar un idilio romántico con él cuando sus vidas corrían auténtico peligro.

Ambos se hacen a su vez amigos de otro pasajero, el profesor alemán Ernest Luckner, cuyos descubrimientos, muy en contra de su voluntad,  han sido utilizados para el desarrollo de armas de guerra química. En otro campo de la ciencia ha inventado un sistema de televisión que no precisa de cámaras: el plasmotropo emite un haz plásmico de rayos orientables en cualquier dirección y distancia, con un alcance de varios kilómetros, que llegado a su punto de destino origina un campo electromagnético que graba y transmite imágenes y sonidos para que unas y otros puedan ser  vistas y oídos. Los tres contactan con un cuarto hombre, el rico industrial americano Mr. Schagrens, el primer fabricante de neumáticos del mundo, con el que forman una alianza que pudiéramos llamar por la Causa de la Humanidad.

En el segundo capítulo exponen su doctrina ante una concurrida asamblea de notables en largos parlamentos que interesan más a los autores que a los lectores. Brawdovski se ocupa de los caminos espirituales que conducirán a la creación del superhombre del futuro, condenando la moral clásica y proponiendo una nueva raza inteligentemente inmoral, que se dote a sí misma de una moral humana, autóctona, sin referencia a ningún Ser Superior. A su vez Nájera propone con igual fin la erofrisia y la metagenia, según las cuales todo el mundo disfrutará de una sexualidad completa, aunque la procreación estará reservada a las parejas más perfectas: con uno u otro nombre, la eugenesia está siempre presente en estos años en las obras de esta laya.

Luckner inicia su intervención proponiendo la cooperación social entre todos los hombres: acaba de terminar la guerra y asegura que  veinte años después, en 1939, abolida la propiedad privada y eliminado el dinero, todos los seres humanos serán iguales. Para ello habrá que modificar el medio, lo que se conseguirá actuando sobre cinco elementos, la vivienda, el tiempo, las fuentes de energía, el espacio y la alimentación.
 
Como todo utopista, arranca ocupándose del urbanismo, aunque interesándose más por la construcción de los edificios que por el diseño de las ciudades. Cuando trata del tiempo regula las horas de ocio y trabajo, presentando un más que interesante calendario de lapsos o añosde trece ritmos o meses de cuatro semanas cada uno, de modo que el día 1 sería siempre rojo o lunes y el 28 blanco o domingo, con un día de fraternidad universal al finalizar el año, dos los bisiestos.

Las nuevas fuentes de energía corresponden a descubrimientos suyos; el uno servirá para tomar electricidad de la atmósfera y obtener así energía barata para hogares e industrias, y el otro aprovechará la luz del sol para proporcionar un alumbrado sin costo. A la alimentación le dedica poco espacio, apenas el suficiente para decir que se abrirá una ficha técnica a cada individuo, que comerá lo que le corresponda según su naturaleza y el trabajo que desempeñe.

Restan tres asuntos más, el lenguaje, la cultura y el gobierno. La lengua universal será el pranik, con dos niveles, uno sencillo para las comunicaciones ordinarias y otro más rico para la literatura. En lo que respecta a la cultura hace gran hincapié en que cada persona recibirá tres hojas en las que estará miniaturizada toda una biblioteca, hojas que leerá ampliadas en una pantalla semejante a la de la televisión. Y, por un tiempo, el Gobierno será "una tiranía dictatorial", porque "no hay que consultar a los hombres, incapaces de comprensión, todavía menores de edad": la masa neutra ha de educarse primero para conquistar su libertad después.

El último en subir al estrado es Schagrens, quien afirma que habrá que conducir al hombre a su Nueva Era con mano de hierro, librándolo de las múltiples asechanzas que lo acosarán, lo que se logrará mediante un gobierno planetario único. Así lo sostiene ante los 170 asambleístas que le escuchan y que están no ya conformes, sino entusiasmados con todo cuanto allí se ha dicho.

El capítulo siguiente se abre cuando la organización lleva ya varios años subvertiendo el orden mundial en base a provocar enfrentamientos en todos los países que se resuelven en guerras civiles, al tiempo que, en el mayor secreto, ha reclutado y  entrenado un ejército de cinco millones de soldados. Y el capítulo se cierra con la orden de ataque general.       

La novela ha alcanzado su mitad y su acción pasa a desarrollarse en la Nueva Era. Azur y Aude son dos chicos de catorce años que se interrogan  con ingenuidad sobre los cambios que están experimentando: "¿Supones qué puede ser?", pregunta él, y ella le responde: "Yo veo en el sexo la causa de este desequilibrio". Se lo cuentan a unos compañeros que se acercan desnudos porque vienen de bañarse en la piscina, y una de las chicas inquiere de Aude si ya es mujer, a lo que ella replica que todavía no, que en su ficha sanitarua figura como día menárquico el próximo 4 de agosto.

Presentada la nueva situación con estas pinceladas, comienza el viaje de fin de los estudios juveniles e inicio de los superiores de los seis adolescentes. Con la parafernalia de todos los inventos previsibles en un mundo futuro, embarcan en una aeronave "troposidérea de inercia compensada" y su maestro les recuerda que los antiguos descubrieron la relatividad y la mecánica cuántica, ya desechadas, y que ahora... En estos puntos suspensivos termina lógicamente el párrafo.

Giran visitan un par de lugares para terminar pasando del cuadro más bello al más sórdido, al descender frente a las murallas de la Ciudad de los Inadaptados, el llamado Manicomio del Mundo, donde hombres y mujeres viven a la antigua usanza, aunque los autores -reitero- pierden la ocasión de hacer una crítica convincente al caer en extremos cercanos al esperpento.

El portero revisa sus documentos y se irrita de que tengan nombres como Aude o Azur: él se llama Fulgencio Rodríguez y tiene padres conocidos. Visitan una casa en que los niños, sucios y hambrientos, salen de debajo de las sillas y de detrás de los muebles: en aquel hogar misérrimno sólo hay niños, a la mujer, aunque ha perdido varios, le quedan todavía muchos hijos, porque los hijos los manda Dios.

A  las puertas de un cabaré un enano condrodistrófico provoca la hilaridad del público, mientras las mujeres de la barra están irrecuperablemente enfermas por el alcohol que han de trasegar para ganar la comisión de las copas que hacen pagar a los clientes. "Si pudiera tomar una manzanilla en vez de otra ginebra..."

Caminando entre moscas y mendigos que exhiben las más repugnantes deformaciones, alcanzan el centro de la ciudad, donde los vehículos de motor atropellan a las personas que, pasito a pasito, se acercan a implorar la gracia de su dios. Cada fiel hace tres peticiones, de las que se le  concede una: no se puede pedir dinero, pero sí cédulas hipotecarias, acciones de Tabacalera o plaza de temporero en algún ministerio. Dentro del templo se conserva una piedra que encierra en su interior el peroné de un santo, que los devotos besan y transmiten enfermedades contagiosas.

La Universidad divide su tiempo entre las vacaciones y las huelgas. Quedan unos pocos días lectivos, mas la mayoría de los catedráticos son diputados que se ausentan con frecuencia para asistir a las sesiones del Parlamento y la minoría restante está en la cárcel por motivos políticos.

Ni siquiera el teatro se libra de la crítica, pues "se reduce a una caricatura acomodaticia y servil" y las obras que se representan son "chabacanas y plebeyas", para embrutecer aún más los ocios del pueblo. Recordando quizá Oliver que su padre es dramaturgo y su madre actriz, concede que hay personas de talento pero que han de ganarse la vida ocultándolo.

La Ciudad Suprema se encuentra en la Luna y desde allí el Gobierno rige secretamente los destinos del planeta, cuya superficie habitable y cultivable ha aumentado considerablemente al irrigar los desiertos y calentar las zonas polares, pero la población ha crecido aún más y ha prolongado su vida, por lo que está implantada una eutanasia obligatoria.

El viaje se remata con unas explicaciones de historia astronómica. Cuando el hombre alcanzó los 50 kilómetros por segundo  -180 sidras por hora-, exploró los planetas del sistema solar, encontrando balbuceos antropoides en dos satélites de Urano. Aprendió que la vida sobre la Tierra era de origen lunar: hace millones de años los selenitas pasaron del satélite al planeta. La nueva raza lo fue de criaturas de menor talla y peso, y los grandes lunícolas que siguieron visitándonos dieron origen a las mitológicas leyendas de gigantes sobre la Tierra.

El cataclismo cósmico que supuso el Diluvio Universal redujo a los hombres a un estado de civilización muy atrasado e hizo estallar la Luna, acabando en ella no sólo con su avanzada
tecnología sino con todos sus habitantes.

En los tiempos modernos, las mujeres que allí llegaron se vieron sorprendidas por embarazos espontáneos, ya que el polvo cósmico acumulado excitaba los óvulos no maduros en "una especie de locura genética". Los hombres fueron víctimas de enfermedades nerviosas y alteraciones endocrinas, así que unas y otros se marcharon, dejando solos a nuestros cuatro protagonistas.

Cuando está intentando producir vida artificial, el sabio alemán descubre una sustancia entre mineral y orgánica que responde al pensamiento humano: si se piensa en algo ante ella, por más que de manera subconsciente, toma esa forma por su propiedad idioplásmica. Reproduce, por ejemplo, el plato favorito de comida del profesor Luckner y un sujetador de encaje y unos pechos de mujer que rondan por la cabeza de  Alberto. Una pelea entre ellos convierte a la masa en una bestia que los ataca y han de acabar con ella en un enfrentamiento dramático: la novela tiene por unas páginas la acción trepidante que tanto se echaba de menos.

Al principio del quinto capítulo los cuatro camaradas se despiertan en un hermosísimo valle en el que otros cuatro seres humanoides, de escamosa piel metálica y enorme cabeza de ojos repulsivos, les dicen sin palabras, les transmiten la idea de que no alberguen ningún temor, que los han raptado del momento en que eran jóvenes y van a ser sus huéspedes.

El sentimiento inicial de repulsión se torna en otro de signo opuesto y escuchan con asombro que, tras ser raptados, les dejaron vivir la vida que recuerdan: quienes les "hablan" son su consecuencia en el futuro y, en caso contrario, no existirían. Son seres inmortales y no se reproducen, pues carecen de sexo, al igual que de pulmones para respirar o estómagos que alimentar, y tampoco duermen. Cubren toda la superficie de la Tierra, cuyo eje han rectificado para que no haya estaciones, y han creado una fauna nueva de animales de escasa inteligencia cuyo placer es el trabajo y la obediencia, mientras que el ocio es dolor y la desobediencia algo irresistible.

El dominio de la fuerza "hectónica", que está en el origen de la gravitación universal, los ha hecho dueños del espacio y, visitando universos extragalácticos sin cuento, en los que había vidas muy diferentes, una vez se toparon con un sistema de cinco soles cada uno de los cuales contenía siete planetas semejantes a la Tierra, con humanidades y civilizaciones que no distaban demasiado de las terrestres.

Y como su sol daba ya muestras de agotamiento, allá condujeron la Tierra a través del espacio en un nuevo éxodo que duró cuarenta años. "Aparcaron" el planeta en una órbita casi circular alrededor del sol central, con una velocidad de rotación que originaba días de 42 horas y otra de traslación que daba lugar a años que duraban lo que 43 de los antiguos. Desde hacía 28.351 años estaban en la Tierra nº 2.

En este planeta habían construido un Sanatorio Astral, llevando allí a lo cuatro hombres del pasado para curar sus insanias y transmitirles sus reflexiones, como habían hecho en la remota antigüedad, viajando a la Tierra nº 1, con un hombre admirable, Moisés, al que dictaron diez mandamientos en el monte Sinaí, aunque no el undécimo, porque la tormenta electromagnética que originó su nave les obligó a marcharse sin formularlo.

Los conducen al Sanatorio, donde son sutilmente atraídos por el País del Deseo, con una primera parada en la Isla de los Muertos. El ambiente de incomprensión y angustia estaría bastante conseguido si no fuera por unos intercalados festivos fuera de lugar: la barca en que cruzan el río es "La Bella Estigia", de "Transportes Caronte, S.A.", que llega hasta la "Pensión Pedro Botero hijo, con agua fría en todas las habitaciones".

Dejan el mundo de las percepciones y entran en el de las sensaciones, casi ensoñaciones: "Un lamento se diluía en la oscuridad y el aire ululaba arrancando agrias quejas de goznes enmohecidos y sobresaltos de maderas crujientes...". Y tras las sonoras, las visuales: "Todo el paisaje parecía minado por un mal recóndito, las paredes se desmoronaban roídas por la carcoma de un gusano oculto...".

Los cuatro amigos se separan y Alberto penetra en un infierno de horror incontenible, suicidas que se quitan la vida cada día sin llegar a morir nunca, asesinos que matan a la misma mujer todas las noches, jugadores de un garito en el que se pierde siempre... Visita la barraca de los iracundos, que desahogan su rencor sin satisfacerlo jamás, de los tímidos perennemente temblorosos, de las mujeres que tejen jerseys sin que nunca mengüe el ovillo... En el mercado del amor un venerable proxeneta le ofrece a la menor de sus hijas por cinco dólares y a susangelicales hijos por diez, del harén de Ahmed sale el moro con un puñado de cabezas de mujer recién cortadas...

Visita también el pabellón de los masoquistas, el jardín lésbico y la isla uránica, sin ahorrarnos la trágica expresión de los ojos de alguna de las bestias excitadas, hasta sumergirse en la abominación delirante de todos los extravíos sexuales. Contagiado por un estigma hediondo, llega a la comprensión del horror de los deseos insatisfechos: "Aquí se desea, se llega a todos los extremos por la posesión de lo que nunca se puede tener".

Busca a Luckner y lo encuentra frente a una mesa con los manjares más suculentos y apetecibles, que desaparecen cuando se intenta comerlos. Juntos hallan a Brawdovski con los ojos perdidos en la lejanía, diciendo como un nuevo Cristo que los hombres lo han crucificado mientras sus últimos fieles lo abandonaban. Vagan errabundos en busca de Schagrens hasta que lo encuentran rodeado de una ingente masa de  números que son la exteriorización de su yo pensante: su tratamiento psiquiátrico lo convirtió en un billete de Banco que pasó por manos de pesadilla. Están cerca del fin, a cada uno "se le ha hundido el andamiaje que sostenía sus ideas".

Entonces desaparece el País Astral y regresan sus anfitriones, que les dice que ya han comprendido que su herencia, la Tierra nº 2, es un mundo de infelicidad. Los devuelven al suyo, a la Tierra nº 1, para conducir a la Humanidad, huérfana y perdida, a la perfección y la ventura, según el secreto de la razón oculta en el Undécimo Mandamiento.

Allí los hace suyos la personificación del Dolor, que les dice que pretendían destruirlo, en vez de soportarlo, por no saber que sin él la existencia sería imposible. Sus intentos no lo irritan, sólo lo mueven a compasión, su estupidez lo enternece: el Dolor ha estado presente en el mundo desde su creación, echándole una mano a Su Supremo Hacedor. 

 

Brawdovski comprende  que quiere arrancarles el secreto del Undécimo Mandamiento y le grita: "Una sola palabra bastará para destruirte y esa palabra es...". No llega a pronunciarla porque el Dolor desata todas sus furias y la novela concluye: "Un nuevo día derramaba su indiferencia por la faz del Mundo".

Parecería un final sin epílogo, mas los autores se lo ponen. Han recogido de los periódicos o medio inventado  una serie de sueltos que nos presentan como colofón del libro, noticias como la de Bombay que dice que varios creyentes han pasado directamente al Nirvana al ser aplastados en la procesión de los elefantes sagrados, ante la alegría de la multitud, o la de París que cuenta cómo un afamado modisto ha escogido como colores de moda el rojo y el amarillo, lo que ha provocado entusiastas manifestaciones de la colonia española con la bandera nacional.

Un postrer anuncio resumiría el tono de buena parte de la obra: "Caballero serio, buenas costumbres -masoquista-, relacionaríase con señorita distinguida, honorable, hábil flageladora, a ser posible ambas manos".

 

NOTAS

1. Torres Oliveros, Manuel, y Oliver Cobeña, Federico. La Tierra nº 2, Madrid,  Imprenta Helénica (Pasaje de la Alhambra 3), de venta en el domicilio de los autores, San Joaquín 2, 1933, rúst., 294 pp. de 19x12'5 cm., 6 pta. Prólogo de Albero Insúa.

2. Oliver, que yo sepa, había adaptado para el teatro "El negro que tenía el alma blanca", de Insúa, así que algún favor le debía.

 

 
 
 

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