Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

Qui mores hominum multorum vidit, set urbes

Cándido María Trigueros nació en Orgaz (Toledo) en 1736, tercer hijo del que fue contador de Palacio Melchor Trigueros Díaz de Lerma y de su primera esposa, Teresa Sánchez. A los 16 años de edad acompañó a Córdoba al arzobispo Francisco de Solís Folch de Cardona, que luego lo sería de Sevilla y siempre lo protegería. A los 20 años se ordenó de subdiácono y, aunque nunca fue más allá de esta primera tonsura, obtuvo beneficios eclesiásticos en Carmona y Pilas que le permitieron subsistir con holgura.

De salud precaria, el arzobispo lo destinó a un convento de carmelitas en Carmona, más saludable que Sevilla y que le dejaba más tiempo libre para su trabajo. Desde allí mantuvo una abundante correspondencia con los notables amigos con que contaba, aunque tuvo también enemigos que lo satirizaron ácidamente.

A los 40 años pasó a vivir en Sevilla, donde fue miembro de número de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras y de la de la Historia, así como asiduo de la tertulia de Olavide. A los 50 se trasladó a Madrid, como bibliotecario de los Reales Estudios, falleciendo en esta ciudad en 1798, a los 62 años de edad.

Fue ferviente católico y monárquico convencido, escritor y erudito, de más inquietudes por la creación literaria y la investigación histórica que por los saberes teológicos y científicos. Conocía varias lenguas y tradujo del francés a su caro Racine y también a Molière, Voltaire y otros. Escribió obras importantes, como la Memoria sobre el nombre de España y el Discurso sobre el estudio de la Historia Literaria. Figuraen el Catálogo de Autoridades de la Lengua de la Real Academia Española [1].

Aquí voy a ocuparme de una obra menor suya, "El mundo sin vicios", incluida en su colección de cuentos Mis pasatiempos [2], escrita entre 1780 y 1785 y publicada póstumamente. Supe de ella por una ponencia de Aguilar Piñal en la Casa de Velázquez de Madrid [3]. Es de siempre mi propósito dar a conocer el mayor número posible de nuestras narraciones de proto ciencia ficción y todos los libros de referencia incluyen las utopías como textos precedentes del género.

Es la primera y poco conocida antiutopía hispana, que se distancia de la utopía clásica para aproximarse a la antiutopía moderna, basada en conceptos sociológicos y políticos. Y es una vez más un sueño, que tiene por protagonista al filósofo musulmán Assem, quien se refugia en la soledad de la naturaleza para vivir al margen del género humano que tan mal ha correspondido a sus muestras de amistad y obras de beneficencia, que lo han llevado a la ruina. "Todo cuanto existe en el universo", dice, "todo es hermoso, todo es bueno, todo es justo, todo menos el hombre", terminando por preguntase: "¿Es por ventura el hombre el único error de la naturaleza?"

Se abriga en una cueva y se alimenta de las frutas silvestres que recoge. Un día, dispuesto a arrojarse a las aguas de un lago, "de repente divisó una persona admirable que caminaba con segura majestad sobre las aguas y se dirigía hacia él". Era el Genio del Convencimiento, que venía de parte del padre de los creyentes para consolarlo y sacarlo de sus dudas. De la mano del Genio se sumerge milagrosamente hasta el fondo del lago y allí encuentra un mundo en todo igual al de la superficie excepto en que es un mundo sin vicios, creado por Alá a ruegos del Gran Profeta, que padeció en tiempos las mismas dudas que ahora acongojan a Assem.

El autor no sitúa la utopía, como de sólito, en un territorio lejano pero existente, sino en otro claramente imaginario, todo un mundo igual al nuestro del que permanece aislado para preservarse de sus vicios. Los habitantes de ese mundo extraordinario, dice el Genio a Assem, son todos como tú desearías que fueran los hombres, pues viven absolutamente sin vicios y jamás han hecho mal alguno. Cuando lo conozcas, si te agrada más que el tuyo, podrás quedarte a vivir en él hasta el fin de tus días.

Assem se admira de que pueda existir un mundo sin vicios, que es su más íntimo deseo moral, mas pronto comienza a desilusionarse. El aspecto del campo es "rudo y silvestre", como el de un terreno "jamás cultivado ni beneficiado por el sudor humano". Después llama su atención la ferocidad e impunidad con que los animales se devoran unos a otros, lo que justifica el Genio explicando que en ese mundo sólo los hombres son diferentes, los brutos son iguales a los de la Tierra.

Luego ve cómo un hombre casi desnudo huye de unas comadrejas y otro escapa a la carrera de un par de perrillos. No sólo no sacrifiquen animales para alimentarse o vestirse sino que ni siquiera les hacen frente por miedo a lastimarlos. Los brutos se han hecho los amos del mundo y el hombre ha de vivir escondido de ellos, perdida su condición de señor de la naturaleza.

Los hombres sin vicios no tienen ciudades, ni casas ni industria ninguna, viven en unas pobres chozas carentes de todo. Al pasmo de Assem responde su guía que todos son tan modestos que se conforman con eso, sin que ninguno quiera sobresalir por encima de los demás: "todos libres, todos iguales, de nada necesitan".

No tienen pudor, ya que éste es frito del vicio. No se interesan por la sabiduría, ya que ésta deriva en frívola curiosidad o especulaciones vagas, y no disfrutan de los placeres del sentimiento porque éstos tienen su origen en la vanidad. No existe entre ellos sociedad, ya que no puede haberla en un pueblo en que todos poseen igual mérito y ninguno puede atraerse una amistad particular. "Se aman de tal manera todos en general que ninguno ama personalmente a otro determinado.

"Sea enhorabuena", replicó el filósofo a las explicaciones de su guía, "pero ¿cómo he de pasar la vida en medio de una gente que no me presenta ni pudor, ni sabiduría, ni bellas artes ni amistad, donde no tendría ni un compañero con quien platicar?"

Y en ésas están cuando "llegaron a sus oídos las lamentaciones de un desventurado que, tendido junto al camino, deploraba ruidosa y amargamente su situación... Corrió Assem hacia él y lo encontró entregado a las crueles angustias del hambre".

"¿No tiene este hombre hermanos?", pregunta Assem, "¿no tiene muger?, ¿no tiene hijos?, ¿no tiene padres?". "Tengo todo lo que dices", responde el infeliz moribundo, "pero no lo extrañes, no me socorren porque así debe ser, y si me socorriesen, cometerían la más viciosa y enorme injusticia". Y concluye, ante el pasmo de Assem: "Sí, hombre forastero y corrompido, la llamo injusticia y no merece otro nombre. Si unos entes que absolutamente no tienen más que lo que han menester para sí, se privasen, para dármelo a mí, de la más pequeña parte de lo que tienen, cometerían una grave iniquidad. ¿Cómo habrían de subsistir sin lo que a mí me diesen?"  

El filósofo abandona sus ideas a la vista de un mundo sin vicios y sin virtud, donde todas las cosas le parecen trastornadas. La comprobación de lo único que hoy vería bien alguno, , que no sienten amor a la patria porque la benevolencia universal consiste en no amar ni favorecer a ninguno, es la gota de agua que hace rebosar el vaso de la desilusión de Assem.

"Si yo consiguiera librarme de vicios", exclama, "tendré compasión de los que fueren arrastrados a ellos". Y al oír estas palabras, el Genio lo pone de un soplo a la orilla del lago donde lo había recibido. Despertó entonces Assem para darse cuenta de que todo había sido un sueño, mas las reflexiones que le había sugerido lo hicieron volver a la sociedad y restituirse al amor de los hombres.

"Caminó hasta el Segestan [4], donde había nacido, y aplicándose como pudo al comercio, consiguió poco a poco un bien estar".

La sociedad que describe el autor es imposible y, de aceptarla, carecería de toda posibilidad de progreso. Son todos entes egoístas que ignoran a sus semejantes, hasta el punto de que uno se pregunta cómo hacen para tomar compañera o cómo se preocupan de la atención a los hijos en su primera edad.

Y sigo de cerca los comentarios de Aguilar Piñal. No conocen el dinero, el comercio, las artes ni la industria y su campo se cultiva en lo estrictamente necesario para lograr una precaria subsistencia. Buscan su felicidad en un individualismo excluyente que impide toda organización social: es la antiutopía del buen salvaje, más próximo al de DeFoe que al de Rousseau.

Es una utopía impar en el sentido de que no critica como las demás los usos y costumbres de la sociedad contemporánea del autor, y tampoco es religiosa, no presenta un cristianismo primitivo, como es tan frecuente. Nuestro autor se distancia de ello al escoger como protagonista a un fiel musulmán de Alá y de Mahoma, con exclusión de cualquier referencia a la religión cristiana.

La tesis de Trigueros se dio antes en La fábula de las abejas; vicios privados, beneficios públicos, que escribió en 1714 el inglés de origen neerlandés Bernard de Mandeville. Leo en el socorrido Trousson [5] que unas abejas vivían en una colonia semejante a la sociedad humana, "de modo que cada orden estaba lleno de vicios, pero la nación disfrutaba de una feliz prosperidad, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública" [6].

Harto de sus quejas, Júpiter las convierte en un mundo sin vicios y termina diciéndoles: "En vano intentáis asociar la grandeza de la nación con la probidad... Es necesario que el fraude, la vanidad y el lujo subsistan, si queréis obtener sus dulces frutos... El vicio es tan necesario en un Estado floreciente como el hambre para obligarnos a comer".  

El español no es tan rotundo, pero su infierno es una sociedad humana y no de insectos.

NOTAS

1. He tomado datos biográficos suyos de la introducción al libro El académico Cándido María Trigueros, de Francisco Aguilar Piñal, editado por la Real Academia de la Historia, Gabinete de Antigüedades, Madrid, 2001, así como del prólogo al mismo de Rogelio Reyes Cano.
 
2. Mis pasatiempos. Almacén de fruslerías agradable (Sueño), por el continuador de La Galatea, Don Cándido María Trigueros, tomo II, Madrid: por la Viuda de López, calles de las Aguas 20, 1784. Al pie de la cubierta se leela frase que encabeza esta reseña. (Cervantes había manifestado su intención de continuar La Galatea y Trigueros había escrito y publicado La continuación de la Galatea).

3. "La anti-utopía dieciochesca de Trigueros" está recogida en el volumen Les utopies dans le monde hispanique, editado por la Casa de Velázuqez y la Universidad Complutense, Madrid, 1990. He tomado abundantemente de él sus comentarios finales, que me parecen muy atinados.

4. Sin relevancia para el relato, Segesta fue una ciudad de Sicilia que en la antigüedad conoció un floreciente comercio. 

5. Historia de la literatura utópica, de Raymond Trousson, editado por Península, Barcelona, 1995

6. Escribió en 1776 el conocido economista Adam Smith, en La riqueza de las naciones, que "buscando su propio interés, el individuo promueve con frecuencia el de la sociedad de modo más efectivo que si lo hubiera buscado directamente".

 

 

 
 
 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.