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2. Roma eterna,la Eneida del año 2000

Son muchas las ucronías que se ocupan de una distinta suerte de Roma: que fue derrotada por Cartago y el mundo no conoció la Pax Romana sino la Pax Punica, que el Imperio no se dividió en dos por lo que los bárbaros nunca llegaron a conquistar todo su territorio, que Bruto no asesinó a César y éste murió de edad avanzada, etc. Ningún acontecimiento importante se libró de su ucronía. Hubo aún autores que se sirvieron de un marco romano fantaucrónico como escenario de sus novelas de aventuras.

No es el caso de la Roma eterna de Silverberg, tan eterna que perdura en el tiempo hasta nuestros días. Sobre Roma levanta una ciclópea construcción ucrónica Robert Silverberg, buen conocedor de la Historia y buen narrador de historias, que nos cuenta cómo permanece incólume un invencible, infalible e infatigable Imperio Romano protegido por los dioses.

Robert Silverberg

La ucronía no funciona siempre, sólo cuando se construye con talento y ésta lo tiene, al menos en parte de sus páginas. En ellas se disfruta con la grandeza del Imperio Romano alternativo, recreado no siempre, aunque más de una vez, de un modo que lo hace casi plausible: Silverberg nos lleva a donde quiere llevarnos y ése es su talento. Cabía esperar lo mejor de su retorno a la ucronía y, de hecho, creo que es su mejor libro desde sus míticas producciones de los 70.

La narración se desarrolla en un fix-up de diez capítulos y un prólogo que aparecieron a lo largo de cuatro años como relatos independientes en diferentes revistas –seis en Asimov’s SF-. Cada capítulo saca a la luz la resolución de una de las crisis que padeció Roma en esta cronología alternativa. Como escribió Suñer en El sitio de ciencia ficción, hay pasajes apasionantes y verdaderamente consistentes, aunque otros se quedan en simples anhelos de Silverberg.

La he bautizado la Eneida del año 2000, mas no hay unos nuevos Rómulo y Remo, los hechos no revisten carácter mítico ni de epopeya, los relatan con la sencillez de un suceso cualquiera unos personajes secundarios, o "voces de la multitud", que simplemente estaban allí en momentos decisivos que más de una vez aparecían a primera vista como triviales.

Los capítulos se titulan según la datación romana A.U.C., ab urbe condita, desde la fundación de Roma en nuestro 753 a.C., y la mayoría desarrollan su trama en las provincias imperiales, incluso ultramarinas, mientras que la capital aparece escasamente representada como centro de la acción. A Silverberg le atraen los "subterráneos" del Imperio y los perdedores, los que derrotó ese Imperio. (Dicho sea entre paréntesis, también parece simpatizar con los vinos de los territorios de Roma).

Todo ello forma parte de la ambientación, mientras que el postulado de partida llega de la mano del pueblo hebreo. Silverberg tiene ascendencia judía y, aunque hasta el final apenas aparece algún miembro de esta comunidad, y siempre como personaje secundario, la sombra del pueblo hebreo flota sobre la trama a lo largo de todo el libro: a la idea del Imperio Romano eterno en nuestro mundo se contrapone la del pueblo elegido por Dios para la vida eterna en el otro, un pueblo de muy escaso número de miembros en la novela..

En el prólogo, en el año 450 de nuestra Era, un historiador cuenta a un colega cómo hubo un pueblo, descendiente de una tribu nómada del desierto, que creyó ardientemente en la existencia de un único y majestuosos Dios que les prometió una patria en la Siria Palestina. Casi diecisiete siglos atrás, cautivo en Egipto, un caudillo carismático llamado Moisés intentó conducirlo hasta allí en un largo éxodo, pero la empresa fracasó estrepitosamente, siendo masacrado por las fuerzas del faraón. Los supervivientes tornaron a Egipto como esclavos, de la mano ahora de Aarón, el hermano de Moisés. El libro de Aarón es la versión alternativa de la Biblia en este universo.

Un excurso. El acontecimiento en que la historia imaginada se separa de la sucedida se conoció en principio entre los anglosajones como jonbar point (dicho erróneamente más de una vez punto jumbar), nombre que tomó de John Barr, un personaje de Jack Williamson, aunque ahora se prefiere "punto de divergencia". Los franceses dicen "hecho fundador" y para nosotros Pablo Capanna ha propuesro “catacronismo”.

Tenemos ya un primer punto de divergencia de esta ucronía. Ni hubo Israel ni surgió de Judá un Mesías que predicara una religión nueva, por lo que, en esta terrible hipótesis para el cristianismo, Roma no se convirtió nunca al monoteísmo y ello fue causa remota de que no la sometieran los bárbaros. Este erudito pretende escribir una ucronía en la que las aguas que habrían de atravesar los hebreos se abrieran a su paso para cerrarse luego sobre los egipcios, propiciando la huida de los fugitivos. La ucronía en la ucronía pretende siempre volver a la realidad.

El otro historiador, en cambio, está investigando la política religiosa del sucesor de Caracalla en el 217, que no fue el efímero Macrino sino el empedrador alternativo Tito Galio, en la realidad un comentarista de Virgilio -un guiño de Silverberg al lector sobre el autor de la Eneida-. A diferencia de los reales nueve emperadores de su tiempo en el trono, Tito Galio fue un magnífico césar que enderezó el perdido rumbo del Imperio.

Silverberg presenta siempre la historia de Roma ad narrandum y no ad porobandum, que arranca de verdad en el hermoso episodio "Con César en las catacumbas", datado en el año 529 y cuya trama se desarrolla en el “underworld”, bajo la superficie de la civitas, del que no se pueden levantar los ojos hasta terminar su lectura. Su protagonista es el futuro César Maximiliano Tiberio Antonino, Maximiliano III el Grande, que aparece como un divertido segundón hasta que la muerte de su hermano mayor le lleva a suceder a su padre.

Como buen americano que es, Silverberg piensa que basta la voluntad de un hombre excepcional frente a un gran peligro exterior para cambiar el curso de los acontecimientos, de modo que poner un gran capitán al mando de las huestes del Imperio acarrea la derrota de los bárbaros. Maximiliano gobierna con mano de hierro, a la manera del modelo shakespeariano de Falstaff o Enrique V.

En este primer relato se da una cierta nostalgia por lo que se ha perdido -en aquello que hemos perdido es donde existimos más plenamente-, que también va a gravitar sobre la escena a lo largo de toda la obra. Esta nostalgia la comparte especialmente con el otro gran capítulo, el penúltimo del libro aunque el primero de los publicados en revista, "Cuentos de los bosques de Vindebona".

Vilabona es Viena, donde nunca hubo un emperador ni una corte, mas sí se dio el vals. ¿Quién no conoce los “Cuentos de los bosques de Viena? En 1897 la acción transcurre en estos bosques. Cuando muere el primer cónsul de la Segunda República Romana, C. Junius Scavola, unos hablan de restaurar el Imperio, otros de la secesión de territorios como los de la Nueva Roma, en América, o del Japón. Entonces, cerca de Viena, dos niños descubren en medio de un bosque el pabellón de caza secreto de Magentius, el último emperador. Este pabellón está guardado por un viejo casi inmortal al que se tiene por el fantasma del bosque, pero que resulta ser el hermano menor de Magentius y, por lo tanto, e último de los Césares. Cuenta emocionadamente los tiempos gloriosos del Imperio antes de que
hubiera de huir de los hombres de la República.

No todos los capítulos alcanzan la misma calidad, ciertamente, y han merecido duras críticas. "Un héroe del Imperio" pone fuera de escena a Mahoma, lo que impide la propagación del Islam por las riberas del Mare Nostrum. "La segunda invasión" supone un punto de ruptura total con nuestra Historia, con el enfrentamiento de las legiones romanas con los mayas y la fundación de Nueva Roma al otro lado del Océano, un relato que podría figurar en cualquier antología de historias de aventuras.

"A la espera del fin" y "Una avanzada del reino" narran las pugnas con Bizancio en las que la balanza se inclina a uno y otro lado hasta caer por fin del de Roma, tras pagar ésta el precio de sus expediciones allende los mares. Aparecen luego tendencias negativas retrógradas en "Lo que cuenta el dragón" y "El reino del terror", donde un cónsul intenta preservar el Imperio por el pánico, lo que retrasa la llegada de las necesarias transformaciones, pero en "Via Roma" terminan por llegar el Renacimiento y la Revolución y se afirman dentro del Imperio naciones como la gala, la bretona, la teutona y la hispana y, como ya hemos visto, se baila el vals en Vindebona en 1900.

En el emotivo último capítulo, "Hacia la Tierra Prometida", en unos setenta alternativos de los reales del siglo XX, tres mil años después un nuevo Moisés intenta conducir a su pueblo a la nueva Tierra de Promisión, ahora en las estrellas. Curiosamente, en esta Segunda República Romana queremos atisbar vestigios de las comunas hippies de nuestro mundo.

Como se lee en "Fake for Real", lo más novedoso de toda la novela es la propia Roma, que aún plagada de personajes recurrentes, generales ejemplares y emperadores megalómanos como los que se dieron en la realidad, el talento de contar de Silverberg la hace aparecer hermosamente nueva y plausiblemente eterna. Silverberg reconoce que, para que haya tenido lugar cuanto narra, han tenido que conjugarse multitud de factores en continuo cambio, todos favorables a Roma, que para eso es la protegida de los dioses.

Se trata de una novela de aventuras y ciencia ficción ucrónica, escrita para el mainstream, que no hace concesiones al hard. La tecnología apenas si aparece de un modo incidental en los primeros relatos, para sólo en el postrero mencionarse la fotografía, las linternas -de carburo- y un cohete espacial. Todo el libro está impregnado de un barniz de "fantasía humanista" donde lo hard se limita al conocimiento que tienen Silverberg y el lector avezado del Imperio Romano histórico.

Escribió Polibio en su Historia de Roma, en el siglo II a.C.: "Al igual que la Fortuna ha dirigido casi todos los asuntos del mundo en una dirección y los ha obligado a converger en un solo y único objetivo...", esto es, que los avatares de la Fortuna tenían como sola finalidad el triunfo de Roma. Si un viajero del tiempo hubiera ofrecido a Polibio un ejemplar de Roma eterna, lo habría tomado por la cierta historia del Imperio.

Se preguntaba con toda razón Alfonso Merelo en su reseña para Bibliópolis cómo en un mundo sin religión ni santos podía alguien decir que "a todos los cerdos les llega su San Martín". Al tiempo que yo leía la novela en castellano la leía Alfred Ahlmann en ingles, por lo que se lo consulté. Resultó que en el original se decía, y así informé a Merelo, "como dicen los bretones, nuestro ganso está ya cocinado".

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Silverberg, Robert. Roma eterna (Roma eterna, 2003), Minotauro, Barcelona, 2006, trad. Emilio Mayorga, rúst., 398 pp.

 

 
 

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