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4. La bola de fuego, una ucronía light para young adults

El maestro de la literatura para adultos jóvenes que es John Christopher, seudónimo de Samuel Youd, nació en 1922 en un villorrio que hoy es un barrio de Liverpool, aunque vivió desde los diez años en el Sur de Inglaterra, sin sacrificar su vida de familia a la de escritor: es padre de cinco hijos y abuelo de más nietos. El premio literario que le concedió la Fundación Rockfeller en 1946, poco después de licenciarse del Ejército, decidió su futuro. En 1966 empezó a escribir ciencia ficción para un público juvenil y pronto dio a la luz una obra tan exitosa como la Trilogía de los Trípodes, que está traducida a doce idiomas y lo consagró en el género. Falleció en 2012.

Los angloparlantes llaman con razón a las ucronías alternate worlds, puescontemplan mundos alternativos en que la existencia de uno supone la no existencia de otro. Los mundos paralelos, en cambio, coexisten entre sí y a veces es posible pasar de uno a otro. Aparte de eso, su factura es similar, son casi intercambiables. Entre los mundos paralelos, el concepto de diferentes Tierras que divergen de la nuestra en momentos críticos de la Historia ha sido manejado por muchos autores, de alguno de los cuales trato en estras reseñas.

En La bola de fuego, por más que irrelevante para sus protagonistas de mil seiscientos años después, la realidad diverge de la ficción cuando el emperador Juliano el Apóstata no muere en el 363, a los treinta y un años de edad, sino que vive hasta los ochenta, restableciendo un paganismo que no da marcha atrás y sentando las bases de un sólido imperio que pervive en 1981, cuando los cristianos son sólo tolerados.

La narración no se mueve, por supuesto, en la línea histórica de la Roma eterna o la Uchronie que antes he reseñado, sino que describe una civilización estática, quizá por eso duradera por siglos, como las de China o el Antiguo Egipto. Las ambiciones de Christopher no son las de los citados Silverberg o Renouvier, se limitan a la creación de un marco sugestivo para una novela de aventuras, que luego serán tres.

John Christopher

El primer libro arranca cuando dos jóvenes primos, que no alcanzan los dieciocho años de edad, el inglés Simon y el americano Brad, de vacaciones en Inglaterra, son llevados a una Tierra paralela a través de un misterioso portal, una deslumbrante esfera ardiente que los arrebata consigo.

A lo largo de este libro, y luego de los otros dos, ambos van a explorar la Europa Occidental, Norteamérica y China, con tres contrafactuales, ligados entre sí, que son que el Imperio Romano no cayó nuca, que Europa no colonizó América y que China sí lo hizo con California.

En el universo romano en que la esclavitud es algo corriente y la vida no vale gran cosa, Simon es capturado y vendido desnudo en un mercado como esclavo al propietario de una escuela de gladiadores y, cuando se niega a matar en el circo al rival al que ha vencido, es vuelto a vender. Brad habla latín -siempre sabe de todo más que Simon, lo que no deja de irritar a éste- y, al decir "Christus ascensus est" a un hombre que lleva una cruz en su túnica, es adquirido y liberado por él, un patricio anglorromano de mente abierta, al que sobrepasa la idea de Tierras paralelas aunque que el chico procede de un futuro lejano, maravillado por su reloj digital y la cremallera de sus vaqueros.

Compra también a Simon cuando lo encuentran y presenta a los dos al obispo de Londres, quien los toma por enviados de Dios que no pueden malgastase, por lo que les pide ayuda para una revuelta que van a iniciar contra Roma. Los muchachos le proporcionan dos invenciones desconocidas, el estribo, que permite luchar a los jinetes sin desmontar, y el arco, que tanto significó en nuestro mundo antes de las armas de fuego. Marchan victoriosos hasta Roma, donde el obispo, que parece arrancado de la peor página de la Inquisición, condena al suplicio a Curtius, uno de sus centuriones, porque se niega a bautizarse. Simon y Brad lo toman consigo, adquieren un pequeño navío y, junto con el gladiador Bos, su mejor amigo, y unas pocas gallinas y cabras, huyen a América, a cuyas costas arriban.

Ayudada por una fluida traducción, es una novela que se lee con facilidad y una de las mejores historias young-adult entre las que exploran los mundos paralelos. La buena disposición del autor para crear héroes sencillos y su imparcialidad moral -no es una novela de denuncia- hacen de Fireball una amena lectura.

En el segundo libro, Tierra a la vista, los dos primos peleones y sus amigos desembarcan en el Norte de una América no descubierta por los europeos y pasan un invierno de frío y privaciones entre los indios algonquinos. Han de abandonar ese territorio en una balsa y, cuando caen al mar, son rescatados por vikingos que ocupan la isla de Nantucket. Conocen por la joven Lundiga, que se ha enamorado de Brad, que están destinados a un sacrificio ritual a Odín, roban un barco de caza de ballenas y huyen una vez más, llevándose a la chica, pero perdiendo a Curtius.

Arriban a Carolina del Sur, donde encuentran una ciudad del imperio azteca dominada por la pasión de un violento juego de pelota y, tras ganan varios partidos, alcanzan la final del torneo. El equipo que la gane se cubrirá de riquezas y el que la pierda será sacrificado a los dioses. En el último segundo, con Simon y Brad fuera de combate, Lundiga y Bos ganan el partido, cuyo desenlace se describe como el de un violento match de rugby.

Al entregar los premios, el Sumo Sacerdote descubre que Lundiga es una muchacha y se la lleva consigo. Sus compañeros la siguen hasta Tenochtitlán, a 3.000 kilómetros de distancia, para enterrarse de que se ha convertido en una diosa, la esposa de cabellos de oro que aguardaba Ipalnemohuani, Aquél-Gracias-A- Quien-Vivimos, El-Dios-Que-Ha-Hecho-Todas-Las-Cosas. Les pide que se queden con ella, que tomará a Brad como esposo terrenal, pero sólo el antiguo gladiador Bos acepta la invitación. Simon y Brad, a los que a menudo opone una sorda rivalidad, siguen solos hasta llegar a la costa de California.

La novela no se disfruta tanto como la anterior, una América sin Colón es un tema que ha sido mejor tratado por otros autores. Los caracteres resulten creíbles pero no estén a la altura de las circunstancias y la intriga es sólo aceptable, al principio falta algo de aventura y luego resulta un poco rebuscada. No deja de ser un mérito que los aztecas se describan como una sofisticada sociedad mercantil, más allá de los estereotipos de bárbaros entregados tan sólo a sus sangrientos sacrificios rituales, por más que éstos se sigan practicando. Es una sociedad un tanto elemental, también, compuesta de muy ricos, muy pobres y esclavos.

No debió de funcionar bien porque la editorial, que ha editado y reeditado varias trilogías y tetralogías completas de Christopher, retrasó la aparición del segundo libro y nunca sacó el tercero, Dragon Dance (La danza del dragón), con más acción que el segundo y aventuras aún más descabelladas.

Chinos que viajan a California en juncos para capturar esclavos indios, capturan ahora a Simon y Brad. Ya en China, entablan amistad con un emperador de su edad, mas las intrigas palaciegas los conducen a la montaña consagrada al dios Bei-kun, que no es otro que Bacon, el sabio medieval Roger Bacon que en su día emigró en esa Tierra a China y desarrolló una filosofía de los poderes psíquicos que su secta ha preservado. Mientras los muchachos forcejean con la nueva disciplina, un chambelán da un golpe de estado y ambos se encuentran en bandos opuestos.

Si los romanos vivían en el tiempo de los césares, los amarillos poseen una tecnología algo más avanzada, que llega a unas primitivas máquinas de vapor y una especie de cañones. Simon inventa unos tanques que parece que decidirán la guerra, sino fuera porque Brad inventa a su vez unos aviones, de los que habría que preguntarse si están movidos a vapor.

No falta el enredo amoroso de rigor, en que el americano lleva una vez más la mejor parte y el inglés sufre los celos. Aquí los dos se desengañan al conocer que la supuesta joven que se interesa por Brad e interesa a Simon es en realidad una vieja de la secta de la montaña Bei-kun que puede cambiar de apariencia.

Para terminar, un sabio de la misma laya se ofrece a fabricarles otra bola de fuego que los lleve de vuelta a su casa, idea que Simon acoge jubiloso, pero no Brad, que quiere correr más aventuras. Pretende que sea una bola que los conduzca a una nueva Tierra paralela, aún a riesgo de que no esté habitada por el hombre y no puedan salir nunca de ella. Como de costumbre, y de mala gana, Simon termina por seguir a Brad.

Christopher hace un trabajo que va de más a menos, Simon y Brad carecen de la dimensión bastante que exigirían sus caracteres, se limitan a sobrevivir en esos extraños mundos a los que intentan adaptarse. Aún así, el autor aporta algunas ideas provocativas y sus consecuencias prácticas para unas aventuras coloristas en novelas de science-fictional adventures.

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Christopher, John. 1: La bola de fuego (Fireball, 1981), Alfaguara, Madrid, juvenil nº 125, 1985, trad. Miguel Martínez-Lage, rúst., 157 pp. 2: Tierra a la vista (New Found Land, 1983), id. nº 289, 1987, 159 pp. 3: Dragon Dance, Dutton Children Books, 1986, hardcover, 139 pp.

 

 
 

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