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LA TRILOGÍA DE LA BOLA DE FUEGO

El maestro de la literatura para jóvenes adultos John Christopher, seudónimo de Samuel Youd, nació en 1922 en un villorrio que hoy es un barrio de Liverpool, y falleció en Bath en 2012, a los 89 años de edad. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió por cinco años en el Royal Corps of Signals, empezando a trabajar en Gibraltar. Como escritor de ciencia ficción, conoció un tremendo éxito con su Trilogía de los Trípodes, que figura en la biblioteca de muchas escuelas.

En La bola de fuego la ficción diverge de la realidad hace mil seiscientos años, cuando el emperador Juliano el Apóstata no muere en el 363, a los treinta y un años de edad, sino que vive hasta los ochenta. Exitoso en la campaña contra los persas, inicia una larga pax romana que consolida el imperio al tiempo que produce un estancamiento general del progreso técnico. El imperio pervive en 1981, cuando los cristianos, en principio perseguidos, son ahora una minoría tolerada.

La narración no se mueve en la línea histórica de la Roma eterna o la Uchronie, que ambas reseño, sino que describe una civilización estática y sin enemigos, lo que la hace duradera por siglos, como las de China o el Antiguo Egipto. Las ambiciones de Christopher no son las de Silverberg o Renouvier, sólo crean un marco sugestivo para una novela de aventuras, que luego serán tres.

John Christopher

El primer libro arranca cuando dos jóvenes primos, que no alcanzan los dieciocho años de edad, el inglés Simon y el americano

Brad, de vacaciones en Inglaterra, son llevados a una Tierra paralela por una esfera ardiente que los arrebata consigo. A lo largo de los tres libros, Simon y Brad van a explorar la Europa Occidental, la América del Norte y China, con tres contrafactuales ligados entre sí, que son que el Imperio Romano no cayó nuca, que Europa no llegó a América y que China sí llegó a California.

En el universo romano en que la esclavitud es algo corriente y la vida no vale gran cosa, Simon es capturado y vendido desnudo en un mercado de esclavos al propietario de una escuela de gladiadores. Cuando se niega a matar en el circo al rival al que ha vencido, es vuelto a vender. Brad habla latín -siempre sabe de todo más que Simon, lo que no deja de irritar a éste- y, al decir "Christus ascensus est" a un hombre que lleva una cruz en su túnica, es adquirido y liberado por él, un patricio anglorromano de mente abierta, aunque le sobrepasa la idea de Tierras paralelas. Maravillado por su reloj digital y la cremallera de sus vaqueros, compra a Simon y presenta a los dos al obispo de Londres, diciéndole que provienen de un mundo futuro más avanzado.

El obispo los toma por unos enviados de Dios que no pueden malgastase, por lo que les pide ayu/ da para una revuelta que van a iniciar contra Roma. Los muchachos le proporcionan dos invenciones desconocidas, el estribo, que permite luchar a los jinetes sin desmontar, y el arco, que tanto significó en nuestro mundo antes de las armas de fuego. Brad busca poder y riqueza, y Simon liberar a los esclavos, a más de mejorar de situación, pues se ha enamorado de una niña de clase alta.

Marchan victoriosos hasta Roma, donde el obispo, que parece arrancado de la peor página de la Inquisición, condena al suplicio del péndulo a su centurión Curtius porque se niega a bautizarse. Simon y Brad lo toman consigo, adquieren un pequeño navío y, junto con su mejor amigo, el gladiador Bos, y unas pocas gallinas y cabras, huyen a América, a cuyas costas arriban.

Ayudada por una fluida traducción, es una novela que se lee con facilidad, una buena historia juvenil entre las que exploran los mundos paralelos. La buena disposición del autor para crear sencillos héroes jóvenes, con los que se pueden identificar sus lectores, su imparcialidad moral -no es una novela de denuncia- hacen de Fireball una amena lectura, que me he atrevido a encajar entre las ucronías de la antigua Roma.

El segundo libro bien podría haberse traducido por Encontraron una nueva tierra o algo parecido, pero se prefirió verterlo como Tierra a la vista. Creo que tenemos derecho a una traducción total de los libros, incluido su título, pero es mucho pedir. Ni lo hacen las editoriales españolas ni las de nuestro entorno.

Los dos primos peleones y sus amigos desembarcan en el Norte de una América no descubierta por los europeos y pasan un invierno de frío y privaciones entre los indios algonquinos. Buscando una civilización más avanzada, abandonan ese territorio en una balsa, navegando hacia aguas más cálidas. Caen al mar y son rescatados por vikingos que en ese universo han dirigido sus expediciones hacia América. Piensan quedarse con ellos, que los han recibido calurosamente, mas conocen por la joven Lundiga, otro amor de Brad, que están destinados a un sacrificio ritual a Odín, por lo que roban una ballenera y huyen una vez más, llevándose a la chica, pero perdiendo a Curtius, que muere en la pelea.

Llegan a Carolina del Sur, donde encuentran una ciudad del imperio azteca que en América, como el romano en Europa, han perdurado hasta el siglo XX. La ciudad está dominada por la pasión de un juego sagrado, un violento juego de pelota. Tras ganan varios partidos, alcanzan la final del torneo. Quienes la ganen se cubrirán de riquezas y quienes la pierda serán sacrificados a los dioses. Con un postrer enceste ganan el partido en un desenlace que se describe como el del más violento match de rugby.

El Sumo Sacerdote que entrega los premios se lleva consigo a Lundiga. Sus compañeros la siguen hasta Tenochtitlán, a 3.000 kilómetros de distancia, para enterrarse de que se ha convertido en una diosa, la esposa de cabellos de oro que aguardaba Aquél-Gracias-A-Quien-Vivimos, El-Dios-Que-Ha-Hecho-Todas-las- Cosas. Les pide que se queden con ella, que tomará a Brad como esposo terrenal, pero sólo el antiguo gladiador Bos acepta la invitación. Simon y Brad siguen solos hasta llegar a la costa de California.

La novela no se disfruta tanto como la anterior, una América sin Colón es un tema que ya ha sido mejor tratado. Los caracteres no acaban de estar a la altura de las circunstancias, la intriga tampoco y la aventura resulta rebuscada. No deja de ser un mérito que los aztecas se describan como una sociedad mercantil, más allá de los estereotipos de bárbaros entregados a sus sangrientos sacrificios rituales, por más que éstos se sigan practicando.

No debió de funcionar bien porque la editorial, que ha editado y reeditado varias trilogías y tetralogías completas de Christopher, retrasó la aparición del segundo libro y nunca sacó el tercero, Dragon Dance (La danza del dragón), con más acción que el segundo y aventuras aún más descabelladas.

Chinos que viajan a California para capturar esclavos indios, capturan ahora a Brad y Simon y los conducen a su tierra en un barco de vapor que navega sin intervención humana: a diferencia de las civilizaciones que habían encontrado antes, estancadas en conocimientos anteriores a la Edad Oscura, los chinos han desarrollado la tecnología y hecho nuevos inventos, por más que lo que sigue estancada es su situación social.

Son llevados a la Corte Imperial, donde muestran su conocimiento de la tecnología moderna y entablan amistad con un emperador de su edad. Viajan a la montaña consagrada al dios Bei-kun, que no es otro que el sabio medieval Roger Bacon, que emigró a China y desarrolló una filosofía de los poderes psíquicos que su secta ha preservado. Después la viuda regente da un golpe de estado y ambos se encuentran en bandos opuestos.

Si los romanos vivían en el tiempo de los césares, los amarillos poseen una tecnología avanzada, que llega a unas primitivas máquinas de vapor y una especie de cañones. Brad es enviado a servir al general que manda el ejército del Norte, que lucha contra los bandidos. Llegan malas noticias de la Corte, pues el emperador está prisionero o, incluso, ha sido asesinado en secreto por la regente.

El general del ejército del Norte, el más poderoso de todos los ejércitos del Imperio, declara públicamente que la regente es un usurpadora y moviliza sus tropas para rescatar al emperador si vive y para sucederlo si ha muerto. Simon lo ayuda inventando unos tanques que parece que decidirán la guerra, pero la expedición se convierte en un desastre a las puertas de la capital.

Las distintas facciones chinas no habían pasado de utilizar cometas voladoras para aparentar que los dragones luchaban de su parte, mas ahora Brad inventa a su vez unos aviones, de los que habrí,ma que preguntarse si están movidos a vapor. Mientras los aviones funcionan a la perfección, los tanques no lo hacen, mas la regente victoriosa quiere librarse de Brad e intenta matarlo. Los dos chicos escapan de nuevo y se van con Bei-kun que salió de Roma a finales del siglo XIII, formuló las Leyes de Beijing (Pekín) y ha logrado vivir setecientos años. Tiene el conocimiento necesario para fabricar otra bola de fuego que les permita volver a casa, lo que acoge jubiloso Simon, aunque no Brad, que pretende que sea una bola que los conduzca a una nueva Tierra, aún a riesgo de que no esté habitada por el hombre y no puedan salir nunca de ella. Como de costumbre, Simon termina de mala gana por seguir a Brad.

No falta el enredo amoroso de rigor, en que el americano lleva una vez más la mejor parte y el inglés sufre los celos. Ambos se desengañan al conocer que la supuesta joven que se interesa por Brad e interesa a Simon es en realidad una vieja seguidora de las enseñanzas de Bei-kun que puede cambiar de apariencia.

Christopher hace un trabajo que va de más a menos, Simon y Brad carecen de la dimensión bastante que exigirían sus caracteres y cada vez más se van limitando a sobrevivir en esos extraños mundos a los que intentan adaptarse. Aún así, el autor aporta algunas ideas provocativas y sus consecuencias prácticas para unas aventuras coloristas en novelas de science-fictional adventures.

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Christopher, John. 1: La bola de fuego (Fireball, 1981), Alfaguara, Madrid, col. Juvenil nº 125, 1985,trad. Miguel Martínez-Lage, rúst., 157 pp.

2: Tierra a la vista (New Found Land, 1983), id. nº 289, 1987,159 pp.

3: Dragon Dancee, Dutton Children Books, 1986.

3: Dragon Dancee, Dutton Children Books, 1986.

 

 

 
 

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