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EL FILO DE LA HIERBA, de Harkaitz Cano

Siempre hay dos películas: la que se hace y la que queda en el camino. La segunda suele ser la mejor y sospecho que sucede otro tanto con los acontecimientos históricos.

También hay dos libros, ha dicho el propio Cano, el que el autor ideó y el que escribió, que no es tan bueno como el que ideó. Me parece adecuado traerlo a colación porque esta novela, desconcertante y poética, debió de ser difícil llevarla de la mente a la escritura.

Te recuestas sobre la suave hierba pero cuando esta hierba es hierba alta, tiene un filo que te puede cortar, Y nuestro Filo de hierba tiene más de filo que de hierba.

Harkaitz Cano Jauregi nació en Lasarte, Guipúzcoa, en 1975. (En mi limitado conocimiento del euskera, a pesar de mi apellido, siempre había leído Arkaitz, que significa roca o peña). Actualmente vive en San Sebastián, donde se licenció en Derecho, disciplina que nunca ha ejercido porque se inclinó desde muy pronto por las letras. Ha publicado varios libros y obtenido varios premios, ha traducido a algunos autores al euskera y la mayor parte de su obra al castellano, leyéndose en la red que “no es ajeno a la pendular esquizofrenia del autotraductor que vuelve una y otra vez sobre antiguos fantasmas”. Nueva York ya había sido objeto de un libro suyo de crónicas literarias sobre la ciudad. Se ha interesado por el cine negro, el realismo sucio y la cultura pop.

Harkaitz Cano

Se lee en el 4º de cubiertas que Adolf Hitler no murió en 1945. Por el contrario los nazis dominan toda Europa y pretenden someter al resto del mundo. El Führer atraviesa el océano, llevando preso en las bodegas de su barco de guerra al hombre que lo ha desafiado más allá de la provocación, al comediante que lo ha humillado y al que detesta, Charles Chaplin. Se dirige implacable a la conquista de Nueva York, primer paso de su nuevo objetivo. La ciudad, símbolo de la libertad, es para Hitler una ciudad wagneriana.

Décadas antes, otra embarcación, el Isère, había partido de Europa con el mismo destino, pero con un objetivo diferente: en sus entrañas transportaba despiezada la estatua de la Libertad. Oculto dentro de ella iba Olivier Legrand, un polizón francés que buscaba una vida nueva con un viaje clandestino. Volviendo a decir poéticamente, palabra que hay que repetir, las dos historias que van a entrelazarse tiene algo como de de dos universos paralelos que un día confluyen.

Cuando la embarcación nazi llega al puerto de Nueva York, las dos historias se entrelazan. Un ya viejo Legrand, Chaplin y Hitler interactúan e n las calles de Manhattan, donde contrapondrán sus mínimas historias a la Historia de los libros. En busca de su supervivencia, todos quieren ocupar su lugar y jugar su papel en el mundo.

 

Bastaría este resumen para calificar la novela de ucronía, pero de una ucronía singular. Como es obligado, el autor nos presenta un acontecimiento histórico no sucedido, que sólo ha imaginado y que se permite rastrear hasta resolverlo en un continuum onírico, al margen de toda posible realidad.

En uno de los nueve buques de guerra alemanes que cruzan el Atlántico, Adolf Hitler navega en el que encierra en sus bodegas a Charles Chaplin, que ha sido secuestrado por la Gestapo. Los pensamientos que vagan por la mente del “pequeño hombre” le recuerdan cómo una serpiente mordió mortalmente al pies planos De Gaulle, el vuelo por los aires del búnker en que trabajaban Churchill y sus espigadas secretarias o la siembra de minas en las playas de Normandía, poco antes del desembarco, que acabó con las vidas de tantos miles de ingleses y yanquis. También la Francia entera gobernada por un Petain títere, la retirada estratégica de Rusia para preparar un irresistible ataque final o los campos de concentración de Wimbledon y Sheffield. No había resultado tan trabajoso, después de todo.

“Seguimos diciendo pequeño hombre para aprovechar el poder balsámico de las palabras, como si las palabras fuesen penicilina, fonemas analgésicos. Repartamos nuestras palabras como quien reparte morfina en los campamentos, generosamente. Seguiremos llamándolo pequeño hombre de momento y descartaremos por ahora Adolf; ese nombre propio nos hace demasiado vulnerables.”

 El libro es una metáfora de un modo de entender la literatura. Como acertadamente ha escrito un crítico, la novela la sostienen sus palabras, el ritmo poético de su lenguaje, sus hallazgos verbales. La sostiene también su aire de farsa para no caer en el ridículo.

Cano salta de sólito de un tiempo a otro e intercala un breve capítulo en el que Hitler se interesa por el final de Picasso, del que se descubrió a tiempo que estaba pintando el Guernica: “Su cara fue su último experimento de abstracción. ¡Una faz de cubista baboso francamente lograda!

Para la mayor crueldad del Gran Dictador, éste en persona se ocupa de aplicar el código Marco Polo al Gran Comediante. Atado a una silla, escucha aterrorizado cómo Hitler pide a los suyos que le den un bisturí y abandonen la sala. “¿Sabes cómo hacían entrar en razón a la gente en tiempos de Marco Polo…?”, le pregunta. Y sin aguardar su respuesta, el bisturí se dirige a las uñas de los pies de Chaplin.

“La suya era una ironía perversa. Pero podría haber sido más sangrienta aún de haber visto el pequeño hombre más películas del comediante. Por ejemplo: «Qué no hace sino vomitar? Denle una suela de zapato o unos clavos con un poco de sal. Le harán bien». Pero para ser irónico de esta manera hace falta ser un poco más culto.”

La acción es poca, lo que pretende el autor es introducirnos en la psicología de los personajes, con pequeños detalles y, aún más, con las palabras.

Olivier –él sí tiene un nombre propio– llegó a Nueva York el 17 de junio de 1866 y empezó a trabajar como estibador en el puerto, el mismo trabajo que desempeñaba en Francia. Alquiló una habitación cerca de los muelles que compartía con su esposa Marie Ann: nunca dejaron de quererse y respetarse amistosamente.

Mucho tiempo después Hitler desembarca también en Nueva York y, precedidos por los tanques, los soldados alemanes toman al abordaje Manhattan, sin encontrar apenas resistencia. Mirando por su ojo de buey, Chaplin apenas puede creer lo que ve, cruces gamadas, cercas de alambre y gente apaleada que huye despavorida. Desesperado, consigue romper el cristal y, materialmente despellejándose, escapar de su encierro.

Caído inerme en una calle se produce el milagro. Olivier encuentra a ese ser desvalido y se emociona al reconocerlo. Todos le creían muerto, se había publicado su esquela y se le habían rendido homenajes. Lo lleva a su casa y lo acomoda en una cama vecina a la de Marie Ann, que lleva tres años paralizada por una trombosis cerebral: Olivier se pregunta si se da cuenta de lo que sucede y se angustia pensando qué será de los ortos dos si él falta el primero.

El Gobierno nazi se instala en el edificio Woolworth, hacinando en sus últimas plantes a mujeres embarazadas y niños de corta edad como escudos humanos. Un mes es suficiente para hacerse con la Costa Este, incluida la Casa Blanca, y Hitler se conforma por el momento con eso, mientras Roosevelt permanece refugiado en Los Ángeles.

Al pequeño hombre le obsesiona que no haya aparecido el cadáver del comediante. En una situación cada vez más irreal, una madrugada deja a Eva dormida y alarga su paseo hasta los muelles. Entonces, insensiblemente, la situación va trocándose de fantástica en onírica. Cine negro y realismo sucio. Reina la oscuridad:

“El comediante o el pequeño hombre, es difícil precisar de quién se trata, corre hacia el puente y el comediante o el pequeño hombre, uno de los dos, lo persigue. El perseguidor alcanza a su presa y salta sobre ella, se retuercen, se revuelven en el suelo. […] Uno de los dos mete la mano en el bolsillo, saca una llave, la llave cae al suelo. Se retuercen de nuevo en la acera, uno de los dos se ha hecho con la llave y ha clavado su frío metal en el ojo del otro. Después ha girado la llave dentro del ojo como si de una cerradura se tratase.”

Después, uno de los dos, se ignora cuál, mira al otro y nadie podría asegurar si lo ve con ambos ojos o con uno solo. La historia se ha conducido de un modo que hace que no importe saber cuál de los dos es el que muere y cuál el que ha sobrevivido.

He contado demasiado, pero es que la acción no cuenta, lo que cuenta son las palabras y para llegar a ellas hay que leer la novela: “La pantalla cruje y el celuloide se desgarra”.

Queda para el lector la historia del manuscrito.

 

 

 
 

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