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Los embriones de la ucronía

Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, toda la faz de la tierra habría cambiado
 Blaise Pascal, Pensamientos 413-162

Ucronía, reconstrucción lógica aplicada a la historia dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder (Diccionario de la RAE).

Etimológicamente proviene del griego ou cronos, en ningún tiempo, término acuñado por al francés Charles Renouvier en paralelo con utopía, de ou topos, en ningún sitio, de Tomás Moro.

Historia contrafactual, forma de historiografía que intenta responder a cuestiones “qué si...” conocidas como contrafactuales (Martin Bunzl, Contrafactual History: A User’s Guide).

La ucronía se conoce en el mundo anglófono como historia alternativa y existe una cierta distinción entre ucronía o historia alternativa e historia contrafactual. La historia alternativa es un género de ficción y la historia contrafactual corresponde a una serie de especulaciones presentadas de forma hipotética, que dice Vanni Balestra en Origini dell’ucronia (Universidad de Bolonia, 2013).

La ucronía es hoy un género literario consistente, que cuenta con varios miles de narraciones breves y largas. Tras las primeras ucronías escritas en lengua francesa, lo han sido después, tras la Segunda Guerra Mundial, preferentemente en lengua inglesa.

Dice Gavriel Rosenfeld en The World Hitler Never Made, que el auge de la ucronía refleja el progresivo descrédito de las ideas políticas en Occidente a partir de 1945, lo que parece una idea a considerar..

Las revistas norteamericanas de los años 30 y primera mitad de los 40 del siglo XX, como Amazing o Astounding, publicaron ya relatos ucrónicos, con frecuentes viajes en el tiempo, que fueron los precedentes de la aparición del subgénero de la alternate history, diferenciada de la science fiction, que emergió a partir de Que no desciendan las tinieblas, de L. Sprague de Camp, en los primeros años 40.

* * *

La mayor de las ucronías sería imaginar un mundo sin ucronías, porque desde que el hombre fue capaz de formular un pensamiento abstracto, pensó en cómo un determinado acontecimiento pudo haber discurrido de otra manera y cómo de otra manera sería entonces distinto su día de hoy.

Pasó un largo tiempo hasta que dejó de ser un pensamiento personal para convertirse en otro histórico, y después para ponerse por escrito. Voy a dar de lado a los mitos de la creación del hombre en los libros sagrados de las diferentes religiones porque el hagiógrafo no conocía lo realmente acaecido y tenía que mitologizarlo.

También a los intentos de contar a sabiendas una Historia inexistente –distingamos entre lo ficticio y lo falso– para engañar a quienes escucharan. El faraón Ramsés II, en el año 1288 de la Era Antigua, hizo decorar los muros de los templos de Tebas con dibujos e inscripciones –los cómics de entonces– con el parte oficial de guerra de una victoria que no se dio en Kadash: “Los embajadores hititas acudieron a Ramsés para suplicarle que accediera a la paz, a él, el toro de los reyes, que extiende las fronteras de su país como le place”. Es un antiguo y buen ejemplo de la crónica de la Humanidad, donde las supercherías históricas han intentado tantas veces suplantar a la realidad, y en ocasiones lo han conseguido.

“El pasado es impredecible” fue un dicho popular en algún régimen totalitario en el que el pasado se escribía para acomodarlo a los intereses del presente. La literatura posterior nos ofrece una espléndida muestra de ello en el 1984 de Orwell, donde en un mismo discurso, y sin solución de continuidad, los enemigos de siempre pasan a ser los amigos de toda la vida, y viceversa. Aparece en este libro una frase tan ingeniosa como acertad: “Quien domina el pasado, domina el porvenir; quien domina el presente, domina el pasado”.

 

El término ucronía es de tal elasticidad semántica que permite citar como la primera de ellas la que aparece en el libro VII, CXXXI de la Historia (en puridad, Historias) de Heródoto, que narra cómo los atenienses tuvieron la opción de hacer la paz con los persas, que era la más fácil y la propiciada por s oráculos, mas no la escogieron. “Todo estaba en juego”, dijo Esqulio, y habría que entender la frase en su mayor profundidad. Especula Heródoto sobre las consecuencias que habría tenido esta elección, lo que haría de él el primer autor de historia contrafactual de siempre.

 “...viéndose solos [los lacedemonios] hubiesen, sí, recibido al enemigo con las armas en la mano, pero haciendo prodigios de valor quedarían todos en el palenque. De suerte que por necesaria consecuencia, o hubieran acabado así los lacedemonios, o viéndose antes de este lance que se inclinaban rodos los griegos al partido del medo, hubieran ellos también capitulado con Jerjes, y así en uno y otro lance quedara la Grecia en poder de los persas, pues no alcanzo de qué hubieran podido servir las forifu8cacionse construidas sobre el Istmo, si el rey hubiera logrado la superioridad en el mar. Lo cierto es que atendiendo a lo que pasó, quien diga que los atenienses fueron los salvadores de la Grecia, razón tendrá para decirlo, pues su situación era tal, que debía la fortuna seguir cualquiera de los dos partidos a donde ellos se inclinaban.” (trad. de Bartolomé Pou para EDAF).

Heródoto es poco conocido ucronista. No lo mencionan como tal los grandes estudiosos que son Gordon Chamberlain y Nall Ferguson. Por decirlo todo, yo supe primero de él por la citada tesis doctoral de Balestra (Universidad de Bolonia, 2013). Heródoto, dice Cicerón en De legale, escribe historia “contrafactual” al tiempo que “actual”, su Historia esno sólo una relación de hechos, costumbres y creencias, sino que establece las relaciones causales entre los acontecimientos. “Los géneros crean sus precursores”, que dijo Borges, y Heródoto es un creado predecesor de la ucronía.

Si Atenas no hubiera decidido combatir en el mar a los persas, hubiera caído Grecia. Había dicho la Pitonisa que a Atenas la salvarían “muros de madera” que fueron sus navíos. VII, CXXXIX exalta a los atenienses del 480 a.C. como los salvadores de Grecia, creo que dejando un tanto de lado a los espartanos. Hay que tener en cuenta que Heródoto escribe en el 430 a.C., huido de la tiranía de Ligdamis en Halicarnaso y acogido en la Atenas de Pericles, pudiendo darse que tomara posición en una confrontación de su tiempo entre atenienses y espartanos.

Hay otra historia, más mencionada, que tiene más de anacronía que de ucronía. Me refiero a un pasaje de Ab urbe condita, más conocida como la Historia de Roma, de Tito Livio. Este historiador cierra el punto 16 del libro IX diciendo: “Si Alejandro Magno, después de someter a Asia, hubiese dirigido su atención a Europa, muchos sostienen que se hubiese encontrado con su igual en Papiro”.

Durante las conquistas de Alejandro, entre los años 334 y 323, siempre de la Era Antigua, la gran figura militar de Roma era Lucio Papiro Cursor, cinco veces cónsul y dos dictador, para derrotar en la guerra a los samnitas. Y en mengua de la fama de Alejandro, el autor propone a varios cónsules y generales romanos como iguales, sino superiores a él, pues contaban a su favor con que habían iniciado su carrera militar como soldados. Sostiene aún que una campaña de Alejandro en Italia la hubiera llevado a cabo con sus solos tres mil hombres de a caballo y treinta mil de a pie, sin tropas de reserva y con problemas de aprovisionamiento. Podría haber ganado alguna batalla, como luego lo haría Aníbal, aunque habría perdido la guerra. Incluso si se hubiera aliado con Cartago y cruzado a Italia con dos ejércitos, no hubiera conseguido vencer a la República.

Tito Livio, que se ganó con esta obra el favor imperial, escribe al inicio del pasaje:

“Nada estaba más lejos de mi propósito, desde que di comienzo a este trabajo, que divagar más de lo necesario del orden de mi narración, ni embellecer mi labor con variedad de asuntos que supusieran momentos de descanso para mis lectores o de relajación mental para mí. La mención, sin embargo, de tan gran general me induce a presentar ante mis lectores algunas reflexiones que me he hecho a menudo al plantearme a mí mismo la cuestión: «¿Cuáles habrían sido las consecuencias para Roma si se hubiera enfrentado en una guerra con Alejandro?»”

Dice al respecto el belga Van Herp que son varios los estudiosos que coinciden en suponer que este pasaje fue escrito como un deber escolar por un muchacho joven, que llegó a manos de Tito Livio y que a éste le pareció tan interesante que lo incluyó en su trabajo; es un dato que he tomado de L’Histoire revisitée de Éric B. Henriet. En cualquier caso, sin dejar de tener algo de what if?, “¿qué si...?”, repito que se trata más de una anacronía que de una ucronía, pues no se cuenta una Historia, se hace sólo una especulación sobre ella..

Hubieron de pasar siglos para que Pascal formulara el famoso Pensamiento con que abro este capítulo. Creo que vale la pena leerlo por una vez en su integridad:

“Quien quiera conocer plenamente la vanidad del hombre no tiene más que considerar las causas y efectos del amor. La causa es un «no sé qué» (Corneille). Y los efectos son desastrosos. Ese «no sé qué», tan poca cosa que no se le puede reconocer, remueve a todos los príncipes, los ejércitos, el mundo entero. Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, toda la faz de la tierra hubiera cambiado”.

Y pasó un siglo más para que surgiera otra ucronía, de nuevo un texto breve del autor de las multieditadas Aventuras de Gil Blas de Santillana. El libro lo publicó en 1732 Alain-René Lesage, con el título de Les aventures de Monsieur Robert Chevalier.

En una de sus numerosas andanzas, página 285, el caballero encuentra entre los iroqueses a Mademoiselle Laclos, que es como una reina para ellos. Trata de convencerlo de que esos indios no son unos salvajes sin alma, como parecían creer los europeos, sino al contrario. Dice para defender su tesis:

“¿Qué habría sucedido si los pueblos del Nuevo Mundo nos hubieran adelantado en el arte de la navegación y hubieran venido los primeros al descubrimiento de nuestras costas? ¿Qué no habrían contado de Francia al regresar entre los suyos?”

En la línea de Les paraules de Opoton el Vell, de Avel×lí Artís-Gener, sigue diciendo:

“A los europeos no les gusta ocultar su color blanco y lívido cubriéndolo con las diversas pinturas que nosotros sabemos utilizar tan bien. Nosotros les ofrecimos la pipa de la paz y nuestras pieles más bellas cuando nos abordaron, hablándonos en una lengua extraña. Y ya a lo largo de los primeros días, cuando fuimos a buscar provisiones, nos dimos cuenta de que esos salvajes no tenían ningún dios, al menos nosotros no les vimos rendir homenaje a ninguno. Sienten sin embargo una veneración supersticiosa hacia los saltamontes, los murciélagos y los lagartos, que no nos dejaron comer.

“Los seguimos un día a un lugar al que llevaban uno de sus muertos y que creímos que era un templo. Llevamos allí a nuestro gran dios Widzipudzili (el dios pájaro), que ellos no quisieron aceptar, y les exhortamos a reconocer su error y a aprovecharse de la suerte que tenían de poder ver al más grande de los dioses. Pero ellos, lejos de postrarse ante él como nosotros y adorarlo, estos impíos tuvieron la audacia de derribar con una mamo profana a nuestro terrible dios, romperle las piernas y arrancarle las alas.”

A lo largo de dos páginas Lesage continúa en este tono cínico y un tanto amargo. Ante esta profanación de un sitio sagrado, por ejemplo, los asistentes al entierro no se conforman con destruir el ídolo, sino que acometen violentamente a los sacerdotes indios, que no comprenden este acto gratuito. Y cuando los iroqueses abandonan el continente europeo se hacen esta reflexión:

“Nuestros sacerdotes fueron apresados y atados estrechamente, por lo que nosotros ganamos rápidamente nuestras canoas y escapamos de aquellos seres furiosos, yéndonos con la pena de ver a nuestros sacerdotes devorados por las llamas.”

Mlle. Laclos demuestra que, a los ojos de estos indios, la civilización europea no fue menos primitiva de lo que fue la suya a los ojos de los conquistadores.

Sigo a Richard J. Evans en el interesante Contrafactuales (Turner, 2018), que cita a E.H. Carr para decir que la pregunta por lo que habría pasado siempre ha fascinado a los historiadores, pero que durante mucho tiempo los fascinó poco más que como un entretenimiento de juego de salón, una divertida especulación del tipo que satirizó Pascal en el pensamiento que he reproduzco.

Si Marco Antonio hubiera triunfado en Accio, ¿se habría fundado el imperio romano? Lo más probable es que sí, aunque de forma diferente y en un momento distinto, seguramente con intervención de fuerzas más importantes que el capricho de un hombre por una mujer.

Edward Gibbon, en su Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, ironizó cruelmente sobre la universidad “en que había pasado los años más oscuros e inútiles de su vida”, diciendo que si Carlos Martel hubiera sido derrotado por los árabes en el 733 en Poitiers, cerca de Tours, el Islam habría dominado Europa y “quizá se enseñaría en las facultades de Oxford la interpretación del Corán y desde sus púlpitos se predicaría a un pueblo circunciso la verdad y la santidad de la revelación de Mahoma”.

Se encuentran historias de lo que no ha ocurrido por diversas obras, a partir de Heródoto y Tito Livio. La novela Tirant lo Blanch (con la h final medieval que falta en el valenciano de hoy), la publico en valenciano en Valencia en 1490 Joan Martí de Galba, de quien se discute si la terminó, y vertida anónima al castellano en Valladolid en 1511. Fue su autor Joanot Martorell, nacido en Gandía hacia 1410 y muerto en la misma ciudad en 1468. Imagina Martorell que el imperio bizantino se impuso al imperio otomano en una de las primeras fantasías históricas que se han escrito, una ucronía en sentido lato del término, que responde al incipiente esquema de la Historia como no fue pero como debería haber sido.

Es un extenso libro de caballerías de crudo realismo, con un héroe se cansa, se deprime, intriga, tiene amores que no son nada platónicos y sus acciones cotidianas, descritas con detalle, distan de las del caballero ideal. Cervantes lo salva de la quema de la biblioteca de Don Quijote, lo que le proporcionó buena fama:

“-¡Válame Dios! –dijo el cura, dando una gran voz–. ¡Que aquí está Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta de que he hallado en él un tesoro de contento y una mira de pasatiempos”.

Y sigue el cura dando detalles de su argumento. Es un libro que narra largamente las aventuras de Tirante, quien, tras combates singulares con reyes, duques y gigantes, es armado caballero. Abandona Inglaterra, donde había vivido su autor, y lucha victorioso en Francia, Sicilia, Rodas asediada por los genoveses, Jerusalén, Alejandría, Trípoli y Túnez, territorio que conquista, para ser solicitado por sus hazañas por el emperador de Bizancio cuando su capital está sitiada por el Sultán y el Gran Turco.

Levanta el cerco, reconquista territorios a los turcos y de ahí que se la tenga por ucronía; como Martorell escribe bien poco después de la caída de Constantinopla, no se sabe cuánto más duró este imperio. Tirante se enamora de Carmesina, la hija del emperador y se casa con ella, siendo nombrado César del Imperio Bizantino.

Vuelvo a Contrafactuales. La aproximación a la Historia de Gibbon, suponía que el pasado humano se debía a la actuación de la Divina Providencia en el mundo. Fue Disraeli quien expuso que la historia de los acontecimientos no ocurridos no podía explicares de este modo, por lo que propuso que los historiadores sustituyeran la idea de divina providencia por la profana de fatalidad o accidente.

Como otros historiadores de su tiempo, Gibbon creía que la sociedad humana era estática, que los caballeros ingleses empelucados de la Cámara de los lores valían por los sesudos senadores romanos de tantos siglos antes. Se necesitó la nueva visión romántica del pasado como esencialmente distinto del presente para entender que cada época tenía sus propias características que podrían haberse visto alteradas si los acontecimientos hubieran seguido otro curso. Así lo vieron ya Walter Scott, autor de novelas históricas, y su discípulo Lepold von Ranke.

Pierre Versins es el autor de la Encyclopédie de l’utopie, des voyages extraordinaires et de la science fiction, un título que encierra más sentido del que podría parecer a primera vista, pues de la fusión de las utopías del siglo XIX con los viajes imaginarios del XVIII surgió buena parte de la ciencia ficción del siglo XX.

Cuenta en ella que Jean-Baptiste Claude Delisle de Sales publicó en 1891 la extensa utopía Ma République, cuyo capítulo XXI, Une Nouvelle Seance Royale, es una ucronía de una veintena de páginas. Presenta un cuadro de la Revolución Francesa tal como hubiera podido ser si la actitud de Luis XVI hubiera sido tan firme como lo habría sido la de Luis XIV, de modo que el juramento del Juego de Pelota hubiera resultado inútil. Después hipotetiza con que los guardias hubieran desobedecido la orden real de no disparar contra las mujeres que fueron a buscar al monarca a Versalles y, finalmente, con que éste asumiera la necesidad de las reformas y las hubiera hecho suyas:

“No sé si me equivoco, pero si alguna vez un gran Imperio debe honrarse de una Revolución que lo regenere, ésta es la que yo propongo para Francia, la Revolución que las luces habrían preparado, que no habría costado ni una gota de sangre, incluso a sus enemigos, que habría restablecido una Nación de derechos fundamentales sin que costase a su Rey más que sacrificios voluntarios, para ayudar aún más a la estabilidad de la corona.”

El buen pueblo siguió a su rey y la Revolución se hizo pacíficamente.

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Martorell, Joanot. Tirant lo Blanch, Valencia, 1490; anónimo, Los cinco libros del esforzado e invencible caballero Tirante el Blanco, Valladolid, 1511. Hay numerosas versiones recientes en valenciano y castellano.

Lesage, Aiain-René. Les aventures de Monsieur Robert Chevalier, dit de Beuachêne, capitaine des filibustiers dans la Nouvelle France, Etienne Ganeau, París, 1732 (está en la Biblioteca Nacional de España.

Gibbon, Andrew. Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano (The History of the Decadence and Fall of the Roman Enpire, 1776-1789), Barcelona, impr. De Antonio Bergnes y de las Casas, 1814, trad. de José Mor de Fuentes.

Delisle de Sales. Eponine ou Ma Réepublique, auteur Platon, éditeur J. de Sales, París, 1791 (está también en la Biblioteca Nacional).

 

 

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