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Napoleón apócrifo, de Louis Geoffroy

La ucronía vio la luz en Francia, la patria de l’esprit de géometrie

 

Escribe Richard J. Evans en Contrafactuales ¿y si todo hubiera sido diferente? que se necesitaba la nueva visión romántica del pasado como esencialmente distinto del presente para superar la idea de que el tiempo era inalterable Y que la sociedad humana era estática: los senadores romanos serían iguales a los empelucados lores ingleses y compartirían las mismas ideas. Hubo que esperar para que se planteara la cuestión de cómo podrían haber cambiado drásticamente las características principales de una era si la Historia hubiera tomado otro curso.

El siglo XIX, instalado en el rigor de la ciencia, ideó un sistema para corregir teóricamente el desarrollo de la Historia, la ucronía, género que no por azar vio la luz en Francia, patria de l’esprit de géometrie. Si los grandes autores han conocido la gloria de la parodia, los grandes personajes históricos han conocido la gloria de la ucronía, de un pasado modificado que los hace más grandes o más chucos y, en cualquier caso, diferentes.

Seguro que el propio Napoleón pasó buena parte de su exilio en Santa Elena imaginando cómo, si no se hubiera prendido fuego a Moscú al acercarse la Grande Armée, sus fuerzas hubieran podido pasar el invierno en la ciudad y con el buen tiempo hubieran dado alcance a sus enemigos y los habrían derrotado. Hubo momentos en que realmente la suerte de la Historia dependió de la suya.

El primero que desarrolló in extenso un pasado diferente fue Louis Geoffroy, un hijo adoptivo de Bonaparte quien, envolviéndose en la bandera tricolor y mojando su pluma en la grandeur d’Empereur,
redactó una apoteosis alternativa de su padre de adopción. Su Napoleón apócrifo. Historia de la monarquía universal (1812-1832),
está disponible desde hace tiempo en castellano, aunque ha pasado más bien desapercibido para el aficionado al no distribuirse por los canales convencionales. Es un libro joya, muy bien traducido, encuadernado en seda e ilustrado con láminas espléndidas.

Louis-Napoléon Geoffroy-Chateau nació en 1803 en Étampes, hijo de un oficial de ingenieros del ejército francés, muerto en Augsburgo, tan apreciado por Napoleón que adoptó a sus dos hijos, cuando Louis tenía tres años. Cursó la carrera de Derecho y la ejerció como magistrado del Tribunal Civil de París. Aparte de su gran ucronía napoleónica sólo dejó un par de escritos olvidados. Falleció en la capital francesa en 1858.

 
Como dice Giovanni Guadaluppi en el prólogo, hay ucronías escritas por veteranos de desastres histórico que quieren corregir sobre el papel un destino nefasto e historiógrafos que pretenden eliminar cualquier sospecha de culpa que pudiera recaer sobre el genio que admiran, para atribuir su fracaso al infortunio, y éste es el caso de Geoffroy. Su extenso libro está dotado de coherencia interna y ricos detalles. Lo primero puede pasar desapercibido al retratar a un Napoleón implausible, mas lo segundo no deja de observarse en detalles como la “justicia poética” que hace con los allegados al héroe, recreando una historia exitosa para los que fueron desafortunados en la real, como fue el triste caso de Grouchy, que no acudió a su socorro en Waterloo, y una historia menos afortunada para aquéllos a quienes acompañó un feliz destino, como sucedió a Bernadotte, el general que conservó el trono de Suecia a la caída del emperador.

El autor pretende presentar su historia como n a auténtica historia, por lo que no escatima la reproducción de periódicos ficticios ni de supuestos documentos oficiales que la hagan parecer real, en un juego sostenido de verosimilitud.

En la “otra” Historia, que arranca en 1812, el narrador no tiene que apagar las llamas de Moscú porque Bonaparte marcha a San Petersburgo -“Napoleón entre Alejandro y Dios!, que escribió Víctor Hugo. Derrota y hace prisionero al zar en la batalla de Novgorod y se convierte en señor del imperio ruso. Ocupa Suecia y un año después desembarca en la costa oriental de Inglaterra, no en Hastings sino al norte e Yarmouth, y derrota a un ejército de 200.000 hombres al mando del duque de York, tras lo cual la isla se incorpora a Francia dividida en 22 departamentos. Así completa su conquista de Europa.

El primer libro, “De Moscú a Madrid”, trata largamente de España, saliendo malparado Fernando VII y no menos Wellington, mientras que sucede lo contrario con los generales Castaños y Palafox, derrotados con honor en la gran batalla de Segovia que decidió la surte de la Península.

La estancia de Napoleón en Madrid –”Tienes mejor casa que yo, le dijo a su hermano José cuando se alojó en el Palacio de Oriente, se adorna con varias anécdotas, como la de su intento de asesinato por parte de la hija de un coronel fusilado en Cartagena. Cree llegada su última hora cuando la visita en su celda un sacerdote que piensa que viene a confesarla antes de su ajusticiamiento, cuando sólo lo hace para hacerla ver que no se debe matar a nadie: con una familia en la miseria, que no percibe pensión, el emperador se apiada de ella, la deja en libertad y dispone que reciba una prestación económica.

Después de la dominación de Europa, Bonaparte emprende la conquista de Asia y África. Derrota a un gran ejército musulmán en Palestina y toma Jerusalén, destruye todas las mezquitas de la ciudad y vuelve a París con la piedra negra rescatada de las ruinas de la Cúpula de la Roca. Luego destruirá los lugares santos de todas las religiones, excepto la cristiana. La sublevación de Egipto la castiga desviando el Nilo desde Tebas, lo que convierte su feraz valle en un árido desierto. Une el mar Rojo y el Mediterráneo no con un canal, sino con un verdadero brazo de mar, para lo que no duda en emplear a millones de los sublevados.

José I, Rey de España.

La mayor parte de estas narraciones acostumbran a presentar una ucronía dentro de la ucronía, que es un guiño al lector como reflejo de la realidad. Aquí, cuando Napoleón navega en las cercanías de Santa Elena, le asalta la pesadilla de no poder entrar en un Moscú en llamas, perder su ejército en retirada en el Beresina, regresar casi solo a una Francia dispuesta a traicionarlo y tener que partir derrotado hacia el exilio en esa Santa Elena. Lo invade un sudor frió y es presa del pánico, aunque finalmente consigue volver al mundo que es real para él, haciendo saltar la isla por los aires con los cañones de su flota. Después, en cambio, al avistar las islas Canarias se queda gratamente sorprendido al ver el Teide convertido en una reproducción de su cabeza que han esculpido mil artistas.

Asia y África son todas suyas en 1826 y América se echa en sus brazos en 1827 por decisión unánime de sus gobiernos, así como las islas del Pacifico: queda entonces instaurada la monarquía universal. El Congreso de Paris de diciembre de 1827 declara el francés lengua del planeta, tanto para los hombres, pues desaparecen los demás idiomas, como para Dios, pues sustituye al latín en las ceremonias litúrgicas.

Con una sola lengua, un solo derecho y una sola religión, que igualmente de eso se ocupa Napoleón, el mundo entero es feliz. Progresan extraordinariamente las artes y las ciencias, que se engrandecen más que se innovan, pues lo que conocen son los globos dirigibles de enorme capacidad movidos por energía eléctrica, automóviles voladores, barcos de diez, veinte o más ruedas de paletas y máquinas que el libro llama acertadamente pianos para escribir. En el campo de la medicina se descubren vacunas para casi todas las enfermedades y se aprenden a curar la sordera y la ceguera. Se descubre un nuevo planeta y se progresa en el control del clima. Lo único que no consigue Napoleón es una raza universal, sus sabios le dicen que haría falta demasiado tiempo para ello.

En 1828 el papa Clemente XV, el anciano cardenal Fesch, tío del emperador, lo corona: "Dios os consagra por mis manos monarca universal de la Tierra. Que su nombre sea adorado y el vuestro glorificado". Y esa noche Dios ofrece al mundo un prodigio en el cielo, tras el cual han desaparecido dos estrellas de la constelación de Orión. Como dice Versins en su Enciclopedia, a Jesucristo sólo se le inmoló una nova, la estrella de Belén, y a De Gaulle ni una. El emperador muere el 23 de junio de 1832, desconociéndose si su imperio se mantuvo, heredado por su hijo, o se lo repartieron sus diadocos, como el de Alejandro.
 
El libro no contempla personajes de pura ficción, sólo cameos, como es el caso de los familiares y mariscales de Napoleón que pasan a ocupar tronos, cuando no el solio pontificio. Desfilan por sus páginas todos los grandes de Europa, a más de algunos de otros continentes, como el venezolano Simón Bolívar o el norteamericano Andrew Jackson. Y también, al servicio de Francia, músicos como Beethoven y Rossini, cantantes como María Malibrán, literatos como lord Byron y Walter Scott, físicos como Volta o químicos como Gay-Lussac, matemáticos como Laplace y astrónomos como Herschel, naturalistas cono Humboldt y filósofos como Kant: todos fueron lo que fueron pero dejaron escita su obra en francés. Papas como Pío VII (Luigi Barnaba Chiamonti) que empleó la misma lengua.

Julia, esposa de José I, y su hija mayor Zenaida.

En una ocasión en que presenté la obra, el Director de la Casa del Libro, del que sólo recibí atenciones, me pidió detalles sobre el funcionamiento d eses mundo. Existe un solo Estado Planetario sin fronteras ni aduanas y la Administración es igual en todos los territorios, lo mismo que la justicia, la educación, la sanidad y la política, con un París que resuelve los conflictos que rebasan los límites locales.

La obra apareció en 1836, el mismo año en que Luis Napoleón, el sobrino de Napoleón que sería Napoleón III, intentó un golpe de estado que fracasó y hubo de exilarse.

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Geoffroy, Louis. Napoleón apócrifo. Historia de la conquista del mundo y de la monarquía universal: 1812-1832 (Napoléon et la conquête du monde: 1812 à 1832. Histoire de la monarchie universelle, 1836, anónimo; reimpreso como Napoléon apochryphe. Histoire de la conquête du monde et de la monarchie universelle: 1812-1832, 1841). Milán, Franco Maria Ricci, Los signos del hombre nº 20,1998, traducción de Esther Benítez, encuadernado en seda con tapa con cromo y láminas en color, 181 grandes paginas, 300 €.

 

 

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