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I. UN CORREO ELECTRÓNICO DEL SIGLO XIX

Se ha escrito que en la ciencia ficción pueden confluir simultáneamente técnicas y actitudes pertenecientes a escrituras distintas. Tales serían la inverosimilitud y los espacios que comparte con la literatura fantástica y de aventuras, y que comparte también con la utopía, la narración de viajes extraordinarios y la posterior descripción de sociedades ajenas a la nuestra, más de una vez extraterrestres. La ciencia ficción siempre ha coqueteado con la utopía.

Yo tengo en la cabeza una serie de antiguallas utópicas que leí en mi juventud y que, por algún motivo, cobran de pronto actualidad. Coraje me da pensar que leí a Julio Verne y a otros más que hoy no conoce nadie a principios de los 40, pero así son las cosas y eso es lo que me permite aportar algo a la historia del género.

Cuando empezó el correo electrónico, mientras mis hijos me lo instalaban y me explicaban sus rudimentos, se me vino a la memoria algo que había leído por aquellos tiempos y más de una vez había comentado en la sala de teletipos de algún periódico: el periodismo es mi segunda cerrera e hice algunos pinitos en él.

Me refiero al Viaje á Venus [1]de Eyraud, que estaba en las inacabables estanterías de la biblioteca mi padre, que era completista como yo. Pertenecía a la colección Biblioteca Económica de Instrucción y Recreo, fundada para "instruir y moralizar recreando" a sus lectores. Tres libros de esta colección lucían pertenecían al fantástico y uno de ellos era éste.

Este viaje, que no es una obra del todo menor, apareció en España sólo tres años más tarde que en Francia. Se lee que permanecería en el olvido si no fuera porque describe el primer viaje espacial a reacción, lo que es cierto, aunque hoy cabría añadir que adelanta un a modo de correo electrónico por telégrafo, a más de tratar de cuanto importa a un utopista que se precie, el urbanismo, la educación y la moral, a veces concebidos en interesantes términos de anticipación.

El francés Honoré Achille Eyraud nació el 21 d abril de 1821 en Puy-en-Velay, en el Alto Loira, y falleció el 15 de febrero de 1882, probablemente en París. Caballero de la Legión de Honor, fue abogado, como su padre, en la Corte de Apelación de París. Jurista, hijo de jurista, aficionado a l escena, los inicios de su carrera guardan una semejanza con los de Julio Verne, mas ahí termina su parecido. Fue humorista, publicista, autor de comedias y de libretos de operetas, musicadas algunas por compositores de prestigio. Este Viaje á Venus fue su única producción del género fantástico.

En 1865, que fue también el año de publicación del verniano De la Tierra a la Luna, las gentes sencillas creían con firmeza que el viaje a la Luna, a Marte o a Venus era cosa para dentro de poco, a lo que se unía el deseo del utopista de situar su "isla feliz" en un territorio absolutamente inexplorado. Eso dio lugar al hallazgo de sociedades justas y dichosas en astros poblados por seres que llevaban una vida mejor que la de los habitantes de la Tierra, cuando no a sociedades verdaderamente ideales.

Nuestra novela es una más entre otras cuando presenta rasgos tópicos tan comunes como el progreso social basado en el desarrollo científico. O cuando dice que se habla en todo el planeta una sola lengua, sencilla y sin una sola irregularidad gramatical, lo que hace que no haya analfabetos, vieja aspiración de muchos pensadores. La perfección del habla conduce a la perfección de las ideas que con ella se expresan y, por ende, a la perfección de las instituciones, otra hipótesis sostenida por muchos.

Una cuestión que preocupó a teóricos de la democracia -como a nuestro Salvador de Madariaga, sin ir más lejos- la resuelve Eyraud conciliando el sufragio universal con el saber de los votantes. Éstos deciden bien porque son instruidos y estudian detenidamente los programas de los candidatos.

Empezando por el principio, un joven alemán, de nombre Wolfgang, ha visto cómo se elevan las bombas de palenque, los cohetes de los fuegos artificiales, impulsados por los gases que produce la combustión de la pólvora, y hace lo mismo con un aerostato tripulado. Sustituye la pólvora por el agua lanzada a presión, como en algunos juguetes infantiles o en el riego automático de parques y jardines.

"Mi aparato consiste en una caja rectangular de cuatro metros cuadrados de superficie y un metro de altura; a su pared superior se unía la embocadura de una bomba aspirante-impelente, movida por electroimanes de gran potencia. Hacia cada uno de sus ángulos había una especie de cono truncado, que podía moverse en todos sentidos, y por cuyo orificio se escapaba con fuerza el agua de que había llenado la caja por medio de la bomba, después de hacerla pasar por un tubo vertical para hacer aumentar su presión.

"Cuando la bomba estaba en juego comprimiendo el agua, todas las paredes del cono, salvo aquélla por donde tenía la salida, este como debía ser impulsado hacia atrás y arrastrar la caja con fuerza igual a la presión que el líquido hubiese ejercido sobre la porción quitada para practicar el orificio.

"-Permíteme observar -dijo Leo- que esta máquina debiera gastar gran cantidad de agua.

"El agua no se perdía -respondió Wolfgang-, porque el caño, detenido y desviado a cierta distancia por una rueda de paletas, caía en un receptáculo para volver de nuevo al cuerpo de la bomba."

La descripción del aparato apenas ocupa dos páginas, mucho menos que las que dedica Verne al suyo en De la Tierra a la Luna, que lo hace con tal detalle que provoca la ilusión de la realdad. En el Viaje,el agua es impulsada peor una bomba movida por electricidad, sin que se aclare el origen de esta energía. Y lo que es más grave, al recuperar el agua de la manera en que lo hace, recuperaría igualmente su cantidad de movimiento, lo que haría que el aparato no se moviese. (También Verne comete errores en la descripción de su sistema de proyección).

El mundo ardiente de Margaret Cavendish

De la Tierra a la Luna es superior al Viaje á Venus por su mejor puesta en escena y el mejor oficio del autor de los Viajes extraordinarios, que hubiera tratado más por encima las ideas filosóficas y sociales de Eyraud para complacerse en la aventura. También constituye un handicap la falta de ilustraciones, que tanto lucirían en este libro.

Las páginas que se dedican al viaje de ida son asimismo pocas, y el viaje de vuelta se resuelve en líneas. El resto de la obra está dedicado a la descripción de los usos y costumbres de los vennusianos, comparados con los terrestres, en una novela filosófica al estilo de la época. En algún caso, las ideas de Eyraud son tan radicales que se le ha tachado de comunista y hasta de libertario.

El viajero alcanza Venus y los datos que se ofrecen sobre el planeta son los que entonces se tenían, no todos correctos, como, por ejemplo, ocurre con la duración de los días. ¿Cómo iba a suponer el buen Eyraud que un día venusiano duraba mas de un año terrestre? Venus es igual a la Tierra, sólo que está siempre cubierto de nubes.

Toma tierra en unos campos de labor y le da cena y cama un granjero que, a la mañana siguiente, lo conduce a la casa del arrendador de sus tierras, el sabio Melino, en la cercana ciudad de Venusia. Lo lleva en un carruaje que marcha sobre raíles, primero los privados que van desde su cobertizo hasta la vía férrea general y, después, los públicos de ésta.

Llegados a la ciudad, y como todo utopista que se precie, el autor se preocupa de inmediato por el urbanismo, que es diferente del nuestro, empezando porque todas las casas son unifamilares y rodeadas de jardín. Las calles forman una cuadrícula perfecta y están cubiertas para que no se encharquen. Tienen una vía central para los vehículos pesados, dos laterales por las que circulan unas sillas de dos ruedas, movidas por electricidad o vapor, y dos vías peatonales más. Las sillas rodantes de dos ruedas no dejan de ser una anticipación de las motos.

En aquel entramado geométrico, las calles paralelas que discurren de Norte a Sur se cruzan a nivel de superficie con las perpendiculares que van de Este a Oeste, que lo hacen por pasos subterráneos, otra anticipación. Una concepción urbanística que hubiera hecho feliz a un griego clásico: en las ciudades utópicas, el orden y la simetría de las construcciones humanas dominan el desorden de la naturaleza, dando lugar a ciudades dignas de su habitación por seres racionales.

Melino le enseña con rapidez la fácil lengua venusiana y va mostrándole cuanto hay en la capital, del Teatro a la Bolsa
-quiero decir el antiguo edificio de la Bolsa, que se cerró cuando se prohibieron las casas de juego, de las que la Bolsa era la peor-, de la educación a la justicia, desde los robots que trabajan los campos movidos por energía solar hasta las lunas artificiales que iluminan la noche. Y como Dios tras la creación, ve que todo es bueno.

No puede haber novela del género sin trama amorosa, preferentemente conflictiva, así que, en el momento oportuno entra en escena la hija del sabio, la bellísima Celia, que tiene un novio llamado Cydonis. El autor se complace en detallar el matrimonio venusiano, desde las discusiones económicas del contrato entre las partes hasta la posterior entrada de la pareja en la alcoba nupcial en presencia de un funcionario público que da fe del connubio alumbrado por la vela que sostiene. El traductor, sólo identificado como F.N., no puede resistir más e inserta esta nota a pie de página: "El lector comprenderá que estas costumbres son puramente francesas".

En el capítulo dedicado a la educación se explica cómo ésta se imparte en alegres colegios edificados entre jardines y bosques, por igual a niños y niñas, con profesores que premian mucho, castigan poco y ponen de manifiesto los aspectos morales de cada acto. El autor expone en detalle su sistema educativo y así, por ejemplo, los niños no han de aprender de memoria largas cronologías históricas, sino que se les entregan unos cartones con dibujos de acontecimientos, personajes y fechas, y ellos juegan a ordenarlos. Otra peculiaridad del sistema consiste en que los alumnos reciben desde jóvenes nociones de derecho y medicina para que el día de mañana sólo hayan de recurrir al letrado o al doctor en los casos más graves.

La sociedad venusiana, en fin, no se basa en el lucro, no se da el dominio de ricos ni de nobles -un título de nobleza es con frecuencia un título de orgullo e ignorancia-, abundan los hospitales y escasean los cuarteles, las muchas fábricas que hay no lanzan ni el menor humo a la atmósfera... Una curiosa opinión del autor sobre la raza negra es que su debilidad se debe al clima cálido, por eso en Europa las naciones más fuertes son las frías Alemania y Rusia.

Ni es una obra tan menor ni su interés radica sólo en los dos puntos mencionados. Siguen discusiones físicas, fisiológicas y metafísicas sobre la luz y el sonido, el cuerpo y el alma, y la relación del hombre con Dios. Luego sucede lo que se veía venir: Wolfgang se enamora perdidamente de Celia y ella le corresponde, por lo que él escribe a Cydonis un correo, comunicándole que es su rival y que le ofrece una satisfacción en el campo del honor. El correo lo manda "por vía auto-telegráfica, única empleada en aquel país para la transmisión de todo género de despachos".               

El propio autor no concede al tema la importancia que merecería, no se da cuenta de su potencial. Las comunicaciones en Venus se hacen todas, efectivamente, por auto-telegrafía, de modo que cada persona dispone de un aparato emisor-receptor de mensajes, al estilo de un teletipo. Con él puede establecer conexiones singulares o múltiples en tiempo real, lo que creo que constituye una más que interesante anticipación del correo electrónico actual. Simplemente, los mensajes se registran sobre papel y no sobre una pantalla.

La respuesta de Cydonis, que llega obligadamente por la misma vía, dice que le parece bárbaro que intenten degollarse el uno al otro para que Celia se case con el matador, que deben permitir que ella escoja libremente y que el rechazado vaya a por otra. La detenida exposición es un evidente alegato contra los duelos.

Celia elige a Wolfgang, mas muere antes de que se celebre la boda, aunque no antes de que el antor aproveche la oportunidad de su enfermedad para elogiar las igualas médicas, extendidas en Venus a modo de Seguros de Salud.

El terrestre regresa a su planeta de origen, donde pasará el resto de sus días abrumado por el dolor de la pérdida de su amada de otro mundo.

NOTAS

1. Achille Eyraud, Viaje á Venus (Voyage à Venus, 1865), Librería de Cuesta (Carretas 9), Imprenta de la Biblioteca Universal Económica (Segovia 23), Madrid, 1868, traducción de F.N.; rústica, 219 páginas de 18x12 cm., 4 reales en la capital y 5 en provincias.

 
 

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