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II. EL JOCOSO VIAJE SIDERAL DE DÉGLANTINE

En 1907 se publicó en Francia y en 1910 en España Los terrestres en Vénus. Hacia los espacios estelares [1] de Déglantine, que en el prefacio de Flammarion pretende ser una utopía. El famoso astrónomo la postula como tal al explayarse sobre la bondad de las novelas que se ocupan de viajes a las tierras celestes, en páginas que recoge la edición española. Después la historia camina por otros derroteros, los del humor disparatado y más de una vez gore.

No aparecen datos biográficos de Sylvain Déglantine en la red y no lo citan ni la Enciclopedia de Versins ni otros libros de consulta. Tras bastante rebuscar, encontré una antigua referencia suya que decía que había nacido el 9 de septiembre de 1873, hijo de campesinos. Se alistó en Intendencia militar e hizo con el ejército galo las campañas de Madagascar de 1895 y 1896, y, a su regreso, empezó a colaborar en diarios parisienses. Sólo éste de sus libros, aparecido en "La Nouvelle Revue" y subtitulado "novela científica y de aventuras", está vertido al castellano.

Es una novela más corta que la anterior -el mismo número de páginas, aunque de letra más grande-, de menor profundidad, con poca ciencia y muchas aventuras,, aventuras que cuando no son peculiares es porque son disparatadas. Eso hace que se lea con facilidad.

En cuanto se lo propone, el joven inventor Saint-Aubrin convence con facilidad a su hermana Niní y a su marido para que lo acompañen en un viaje de recreo a Venus en un globo de su creación, al igual que a un militar que está de visita en casa del matrimonio Désesthré. Aunque siempre se le llama globo, bautizado El Cometa, el aerostato tiene en realidad la forma de una casa de siete metros de alto por otros tantos de ancho. Se desplaza porque leva sobre su tejado metálico doce bolas repartidas en dos filas. Cuando una se carga eléctricamente se eleva y atrae al tejado, levantando la casa, y cuando bajan estas bolas, ya descargadas, se elevan las de la otra fila, que vuelven a repetir la operación. Con no menos claridad que en la novela anterior, el globo no se movería, sería algo así como subirse a uno mismo tirando del cuello de la camisa.

Recorren en cien días la distancia que los separa de Venus, a una velocidad media de 118.000 leguas al día, algo más de 20.000 kilómetros a la hora, con gran indignación de Niní cuando se entera de que no llevan más servicio a bordo que un cocinero. Indignación o cabreo, porque la dama emplea expresiones como "¡Maldición!" y otras más subidas de tono, mientras que el educado coronel se limita a exclamar "¡Voto al chápiro!" y poco más. Al tomar tierra en Venus se propone sacar de la nave al perrillo Lulú para ver si el planeta posee una atmósfera respirable, a lo que se opone rotundamente su dueña. El cocinero es quien termina por salir primero.

Los venusianos presentan una apariencia no muy distinta de la de los terrestres, con dos notables diferencias. La una es que en vez de cejas poseen una membrana transparente que bajan sobre los ojos cuando la luz es intensa, a la manera de gafas de sol naturales; la otra es que de sus barbillas nace un apéndice carnosos a modo de abanico, con el que combaten el fuerte calor reinante. Hablan lenguas parecidas a las de la Tierra, con alguna expresión que no es común entre nosotros, como "Estoy elástico a sus órdenes" y otras.

Tomados por Genios del Mal, han de enfrentarse a infantes que disparan vientos huracanados con sus fusiles y a artilleros que lanzan grandes serpientes con sus cañones. Los salva la joven Rosaflor, más sensible que el resto de sus complanetriotas, a lo que corresponde Saint-Aubrin besándole la mano. ¡Nunca lo hubiera hecho! La chica ya ha celebrado fusión de almas, aunque todavía no de cuerpos, con Brunifer, sobrino del Gran Regidor del país. El besamano se toma como una grave ofensa que acarrea el castigo ritual de prisión en las Cavernas de la Expiación, un sitio horrible ubicado en el espantoso Lugar de las Represalias.

Tenemos por un lado a Saint-Aubrin, que no escarmienta, y pretende ligarse a Rosaflor, por más que ésta no pueda ser más explícita: "Sus deseos de compartir mis éxtasis no pueden ser satisfechos", y por otro al coronel, al que falta tiempo para marchar con el ejército a la guerra contra los vecinos Gigantes.

Tras los ventiladores y los lanzadores de reptiles, forman los cegadores, que portan una pértiga con una lente en su extremo para concentrar los rayos del sol sobre los ojos enemigos, los pescadores, armados con otra larga caña de cuya punta pende un arpón, los hacheros y los tragadores, montados los unos en ingenios dotados de grandes cuchillos y los otros sobre máquinas de bocas tremendas. En los viejos tebeos de Espartaco, de Claudio Tinoco, dicho sea como excurso, también los ejércitos de Mitrídates, rey del Ponto, tenían catapultas que lanzaban ollas de barro llenas de serpientes y carros con afilados puñales en los cubos de sus ruedas.

Y, si hasta ahora, sólo se ha dicho del inventor y el militar, es porque el matrimonio y el cocinero han sido hechos prisioneros por los gigantes en cuestión, que mantienen también cautivo a Brunifer. Monsieur Désesthré se salva de ser comido porque no da tiempo a asarlo para el almuerzo, como más tarde se librará por poco de ser colgado por la lengua de la nariz del dios Dison. A su mujer la requieren de amores dos venusianos, uno el propio Brunifer, que ha olvidado su fusión de almas con Rosaflor, y otro, el malvado gigante Therlog.

Los buenos, en el sentido de que no comen carne humana, se enfrentan en una cruenta batalla a los malos, los que sí la comen. Parece al principio que van a ganar éstos, pero, cuando asume el mando de aquéllos el coronel terrestre, sufren una derrota en toda regla, en la que perece el Maestro Devorador. La descripción de la sangrienta lucha deja chica a la del yantar antropófago, con carnicerías detalladamente espantosas, complacencia en los chasquidos de los huesos machacados y todo cuanto cabe imaginar de las armas descritas, para que luego escriba Flammarion que las razas celestes no tienen nada que temer de la guerra, vencida al fin.

De regreso de la batalla se presenta un personaje misterioso que dice llamarse Jeuçaithou y parece saberlo todo de muchos otros mundos. Por una vez se interrumpe la trepidante acción y el recién llegado y el coronel dialogan acerca de la inteligencia y la moral de los venusianos y, ¡nada menos esperado en la novela!, sobre si la redención de Cristo en la Tierra fue válida para todos los seres del universo o cada planeta debe ser redimido de forma individual; inesperado mas no tan raro, era una discusión propia de la época. Cuando Flammarion planteó la posibilidad de que hubiera otros mundos habitados, se escribieron muchos libros titulados "De cómo la pluralidad de mundos habitados contradice -o no contradice- el dogma católico" y otros por el estilo.

Más tarde, cuando visitan un taller, se enteran de que los obreros reciben al emplearse acciones de la empresa en que van a trabajar, para así participar de sus beneficios. Eso complace a los franceses, partidarios de la igualdad entre los hombres, mas Jeuçaithou les explica que tal igualdad se ha intentado en muchos mundos, sin haberse impuesto en ninguno. Todas estas consideraciones, aparte de algún detalle sarcástico, como la exigencia de Niní de que fuera el cocinero y no su perro quien comprobara si el aire era respirable en Venus, encierran la dosis de crítica social que reviste la novela de un tinte de distopía.

Las descripciones de los paisajes de Venus, su flora y su fauna, sus costumbres y sus máquinas son tan vivas como absurdas, por más que el autor pretenda presentarlas con aires de plausibilidad. Cuando alcanzan el mar, por ejemplo, encuentran barcas circulares, de cien pies de diámetro, que llevan a bordo animales de tiro. Éstos, como si girasen alrededor de una noria, impulsan viento hacia las velas por unos tubos orientables.

El libro es esencialmente rico en su lenguaje, que alcanza su cima en la ceremonia religiosa que ofician el Sembrador de Estrellas y el Supremo Vencedor del Mal. Su liturgia de la palabra resulta particularmente sugestiva y los patriarcas de más de una secta de hoy podrían tomar prestadas varias de sus fórmulas para producir un mayor impacto entre sus seguidores.

Saint-Aubrin es castigado con dos meses de reclusión en las citadas Cavernas de la Expiación, donde los condenados, atados de pies y manos a una gran bola de piedra, tienen sobre sus cabezas un fuego de betún que les cuece los sesos: pocos son los que sobreviven y más les valdría no hacerlo, dado el lastimoso estado en que han de pasar el poco tiempo que les resta de vida. El coronel lo libera, haciendo uso del derecho de gracia que se ha ganado en el campo de batalla.

"El coronel observó lo cerca que estaba la lámpara de la cabeza de los condenados.

"El guardián le indicó que el objeto de aquella disposición era que el calor ligero de la lámpara cociera lentamente el cráneo de los condenados.

"Nerval se dio cuenta de que la distancia entre las lámparas y los cráneos no era igual para todos, sino regulada según la duración de la pena, no siendo difícil tampoco conocer el grado de cocción de los condenados. Unos aún no estaban afectados por la lámpara; otros ya empezaban a manifestar señales de sufrimiento; varios profundamente atacados exclamaban espantosos gritos de sufrimiento, mientras otros que ya llegaban al término de la expiación vivían trabajosamente con el cráneo completamente cocido".

Y siguen las peripecias sin pausa ni tregua. Brunifer huye del encierro a que está sometido estrangulando a su carcelero y corre a decirle a Rosaflor que no le ha sido infiel. Ella no lo cree, lo que lo condena asimismo a las Cavernas de la Expiación. Niní, a su vez, es prisionera de Therlog y, cuando sus compañeros la liberan, su marido tampoco cree que haya mantenido la fidelidad conyugal que le debe, por lo que está a punto de permitir que un gigante se la coma a bocados. De hecho, ya está empezando a sr mordida cuando aparece Jeuçaithou y convence al esposo de que la virtud de su esposa no ha cedido.

El Cometa, que había quedado a cargo de los ventiladores, es atacado por el Supremo Vencedor del Mal, con hombres provistos de mazas, de modo que queda aplastado y pierde tres de sus bolas. Pone en peligro las acciones de los terrestres y parece impedir su regreso a la Tierra, aunque finalmente es completamente reparado.

En la búsqueda de Niní El Cometa se acerca a un mar del que surgen unas espantosas bestias negras que intentan penetrar en el globo por sus cuatro ventanillas. Son muertas a tiros, pero otras las sustituyen rápidamente. Encuentran extrañas criaturas no evolucionadas, de la era de la creación genesíaca de los mundos. El coronel es envenenado y difícilmente recuperado, para que pueda exclamar "¡Bote de perejil!".

Hasta que, decidida la partida, el último capítulo está dedicado a dar a conocer que Jeuçaithou es un extraterrestre que vaga de existencia en existencia hasta que expíe un terrible delito que ha cometido. Los seres que han llevado una mala vida han de iniciar otra desde un estado inferior, aunque pueden beneficiarse de la llamada regeneración de las almas.

Al final los terrestres regresan a la Tierra en un viaje escuetamente narrado: "El Cometa emprendió su vuelo hacia nuestro plantea. Cien días más tarde llegó a la vista de Marsella y tomó tierra en plena Cannebière entre las aclamaciones frenéticas de la muchedumbre".

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Publiqué en la revista BEMonline dos artículos con estos mismos títulos. El primero lo he revisado a la luz de algún comentario que he leído después; el segundo lo reproduzco de modo más parecido al original.

 

NOTAS

1. Sylvain Déglantine, Los terrestres en Vénus. Hacia los espacios estelares (Les terrains dans Vénus. Vers les mondes stellaires, 1907), Ramón de S.N. Araluce, editor (Bailén 107), Barcelona, 1910, prefacio de Camille Flammarion, traducción de Julio González Hernández; rústica, 218 páginas + 3 láminas de 18x12 cm., cubierta e ilustraciones de Justillo, 2'50 pesetas.

 
 

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