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Me estaba reservado enamorarme furiosa y
desesperadamente de una criatura de otro mundo,
de una especie similar, pero no idéntica a la mía.
Una mujer que había salido de un huevo
y que podía llegar a vivir mil años.
Edgar Rice Burroughs, Una princesa de Marte

Amé a la princesa de Helium desde el momento mismo en que supe de su existencia: Burroughs poseía la capacidad de hacerte apasionar con sus personajes en cuanto te los ponía delante de los ojos. "Leed una página y os olvidaréis de mí", nos recuerda Stephen King que escribió en una de sus novelas, "y es un compromiso que hace valer el autor". En la página dos de Una princesa de Marte ya estás luchando con un guerrero verde marciano y, en la cuatro, amando a una mujer de otro mundo.

No creo ser el único, pienso que hay otros viejos aficionados románticos para los que algunas mujeres reales han supuesto menos en sus vidas que Dejah Thoris, la bella princesa de Marte, en cuyas noches, su sombra de dos lunas de traslación desigual  se abre y se cierra cual tijera. La cantó Óscar Hurtado en La ciudad muerta de Korad:

"Tan dulce como el zumo
de la caña de azúcar que bebía,
eran los labios de mi princesa"

quien recogió otro párrafo del libro tan elocuente como el que abre mi reflexión: "Yo amaba a Dejah Thoris. El contacto de mi brazo con su hombro desnudo me habló con palabras que no podían engañarme y supe que la amaba desde el primer momento en que mis ojos se encontraron con los suyos en la plaza de la ciudad muerta de Korad".

Y, tras este primer amor imposible, fui conociendo otras hijas de reyes a las que bauticé como "princesas siderales", a cual más hermosa y encantadora, con las que se topaba el héroe terrestre en cuanto ponía el pie en su planeta y, con frecuencia, sin una prenda de vestir encima, como conoció John Carter a Dejah Thoris: "...estaba completamente desnuda y ningún tipo de ropa hubiera podido realzar la belleza de su cuerpo perfecto y simétrico....", para que luego se complaciera en sus carnes el lápiz de Frazetta.

Helium no es sólo Barsoom y en su otro gran reino, Ptarth, la hija del jeddak es Thuvia, la doncella de Marte, una bellísima princesa de redondeces aún más explícitamente turgentes, ¡Dejah me perdone!, cuyo amor va a conquistar Carthoris, el hijo de Carter y Thoris, cuando las joyas que luce apenas aciertan a ocultar las adorables formas de su amada.

Burroughs no se cansó de recrear princesas que, cuando no eran siderales, lo eran de las profundidades. Los que hayáis leído el volumen anterior de esta serie de novelas de Prensa Moderna, recordaréis el fascinante mundo de Pellucidar y las bellas salvajes desnudas que en él pululan, donde David Innes funda con una criatura de ensueño el primer imperio de ese mundo subterráneo: ella es Diana la Hermosa, Diana la Magnífica para los traductores más vehementes, que compartió con él, semidesnuda -literal-, la cadena de los esclavos.

Se suele decir que en la proto ciencia ficción americana no había sexo, Campbell no lo quería en las historias que publicaba para adolescentes cuando los Estados Unidos se tenían a sí mismos por los paladines de la virtud. Mas lo había, suave y en segundo plano, todo lo oculto que se quiera, pero allí estaba acechando.

Solo en los cuatro primeros años de la producción burroughsiana, el cuatrienio que va de 1912 a 1915, un estudioso ha encontrado en sus narraciones hasta setenta y seis intentos de violación, ninguno consumado porque el héroe siempre llegó a tiempo. El héroe también deseaba a aquella mujer sin ropas, aunque no la tomara jamás, y hacía cómplice de su deseo y su frustración al lector. A veces terminaba casándose con ella, a veces la mantenía como novia por años o décadas.

Según Scholes y Rabkin, las historias de Burroughs -en las que aún hay más princesas- son una mezcla de violencia edulcorada y atormentadora amenaza sexual, quizá por eso han resistido tan bien el paso del tiempo. Situarlas en Marte, Venus o el interior de la Tierra es una excusa para el sentido de la maravilla que la ciencia ficción exige y una licencia para las variedades de la creación humanoide.

Las historias marcianas de Burroughs se desarrollan en un universo anacrónico y barroco, que en ocasiones se vuelve poético hasta la nostalgia.  Barsoom es un mundo violento, de hombres que podrían vivir mil años si no se mataran entre sí a golpes de espada o disparos de fusiles de radium, de aviones que se toman al abordaje y de más que originales dioses y juegos, pero en sus desiertos de arena roja y en sus ciudades difuntas que guardan el secreto de razas más antiguas que las montañas, no sólo luchan los gigantes verdes de cuatro brazos que vagan por los mares secos del planeta cabalgando bestias de ocho patas, los Tharg de piel blanca que practican ritos odiosos, los hombres rojos de las viejas ciudades y los piratas negros de los aires, sino que combaten también bellas guerreras desnudas. En ocasiones, las ideas que el autor expone explícitamente no coinciden con las que  se desprenden implícitas de su lectura: pueden ser bien distintas.

Se suele decir también que aquella proto ciencia ficción se escribía para desheredados, como el joven oficinista que, tras una larga jornada de trabajo, regresaba a un húmedo apartamento de una calle sórdida de Nueva York, pero, cuando eras tan ingenuo como romántico, pasabas el curso en un internado y las vacaciones en un pueblo en que el sexo no parecía tener existencia, una novela en la que llegabas a otro mundo y te encontrabas a una princesa desnuda que al verte se enamoraba de ti, más unas bellas guerreras que luchaban igualmente desnudas, era una lectura que tenía algo de catártica. Los tiempos han cambiado tanto que hoy casi no se entiende.

Brian Aldiss nos habla de princesas tenuemente vestidas en su antología Imperios Galácticos: "Observó la graciosa curva de su cuello sin adornos, los hombros y pechos desnudos, el breve talle, el vientre plano y firme..., todo revelado por la estudiada desnudez de la moda de las Marcas Internas...", pero eso fue después, cuando ya se había perdido el sentido de la inocencia de Campbell.

Publiqué una vez un artículo con este mismo título de "Princesas siderales", que en buena medida he reproducido en esta introducción porque no cabía hacer otra cosa. Decía en él que había otras novelas de princesas fuera del ámbito anglosajón, tal la italiana Sirénide, de Nino Salvaneschi, traducida al castellano en 1926 como El reino de las sirenas. Esta novela larga, escrita al più vechio stilo, desarrolla una trama apasionante.

Un arqueólogo italiano y su joven colega americano caen en una grieta del terreno durante unas excavaciones que realizan en la isla de Capri y llegan a un pequeño reino subterráneo que gobierna Ciana XCIV, la nonagésimo cuarta Señora de Capri, la última sirena, superviviente de la estirpe de una de las ocho sirenas que se salvaron de la destrucción de Atlántida. Es una "moza marina" de una belleza impresionante, que sólo posee doradas escamas de las rodillas hacia abajo y cuya figura se aparta muy poco de la de una mujer humana. La descripción de la Sirena desnuda, adornada tan sólo con los collares que le han regalado sus primos los tritones, que le llegan hasta el vello del pubis y dejan asomar entre las perlas sus erectos pezones, tiene que haber encandilado a más de un joven lector en su momento.

Las sirenas son una especie compatible con la humana, aunque genéticamente dominante, de modo que sólo procrea hembras.

La Señora, a partir de los dieciocho de edad, toma marido por ocho veces en ocho años consecutivos, pues quien la goza es entregado al cabo de ese tiempo a los tritones familiares. Los protagonistas la encuentran con diecinueve años, en su primera viudez, y el americano resulta elegido como esposo, aunque -quizá por eso-, en el cuestionario a que ha sido sometido, a la pregunta de qué haría si fuera el  agraciado, ha respondido: "Os mataría".

La hermana menor de la Sirena, que es quien reparte los  cuestionarios, pide al italiano que, a la pregunta de qué mujer desearía por esposa, responda: "A la que no se ofrece", en referencia a ella, en un pasaje de una insólita seducción. Lo pone a salvo esta niña de dieciséis años, que se ha enamorado de él, pero al cabo torna a Sirénida: quien ha visto a Ciana y la ha oído cantar, no puede vivir alejado de su cuerpo y de su voz.

Nuestro coronel Ignotus cantó a las princesas venusinas y el capitán Sirius a las selenitas, como otros hispanos lo hicieron con otras princesas siderales, pero la palma se la lleva sin duda el canónigo Valverde:

"Y en aquel momento abriose la flor del cáliz
y apareció desnuda, deslumbrante  de gracia
ante los ojos absortos de la muchedumbre, la
más bella hija del planeta: Zeos Lorimera."  

La princesa de la luna Zeos Lorimera remonta el vuelo desnuda para ser fecundada en las alturas por el primero de sus pretendientes que la alcance, mientras los que se precipitan al suelo, para regocijo de la multitud son untados de pez y quemados en las piras preparadas al efecto, según se lee en  La Bestia del Apocalipsis (1935), sobre la que he escrito largamente en mis "Apuntes".

* * *

En el prólogo a Novelas de las profundidades cité las colecciones "La novela fantástica" y 2ª época de "Aventuras", de  Prensa Moderna, y tan difícil como encontrar hoy ejemplares de éstas -de sólito deteriorados-, lo es hallarlos de "Emociones", aparecida en el cuarto trimestre de 1931, cuyas  novelitas eran tan pulp como las otras. Tenían un tamaño un poco más chico y sus cubiertas eran algo más vistosas, las cuatro de este tomo nuevamente de Max Ramos.  

En "Emociones"  no se hizo esperar la ciencia ficción, pues ya el nº 1 fue un título del género, Tierra y luna, como traducción de The Moon Master, de Charles Willard Diffin (1884-1968), un autor americano cuyas historias, en particular las de la Luna Oscura, fueron muy populares en los primeros números de Astounding: ésta se publicó en el de junio de 1930 y no demasiado después apareció su versión castellana. No es fácil datarla con exactitud, pero la editorial -en realidad la imprenta, que funcionaba como editorial- todavía estaba en Larra 15, donde se tiró "La novela fantástica". Como se trasladó a Menorca 20 en octubre de 1931, después de haber sacado varios números de esta colección,, hay que situarla unos meses antes.

Jerome Foster no se encuentra a su princesa desnuda, él mismo es quien la desnuda y, cuando se marcha, ella lo besa y lo  abraza tras despojarse del manto que la cubre y ponérselo a él, lo que supone que se le entrega, se le ofrece y le hace jurar que regresará para hacerla suya y ser padre de reyes.

Mas vayamos por orden. Este nuestro protagonista cae por accidente en el laboratorio del científico Thomas Winslow, quien ha conseguido desintegrar los átomos del hidrógeno y el oxígeno del agua y convertirlos en algo semejante a la energía pura, con la que impulsa un pequeño dirigible de aluminio en el que ambos se embarcan rumbo al lado oculto de la luna, que es donde están el aire y el agua selenitas.

Ya se sabe cómo se toman estas decisiones, tras un laborioso acuerdo del estilo de "¿No querrá Vd., por cierto, acompañarme a la Luna, a donde voy a ir mañana?", a lo que responde el otro "Pues mire Vd., sí, esta semana no tengo nada que hacer".

Aterrizan en plena noche de un astro cubierto de nieve, pero al salir el sol, surge de inmediato una vegetación exuberante que amenaza con ahogarlos y se despiertan bestias horripilantes, todavía más amenazadoras, aunque son los nativos quienes los sorprenden y los dejan sin sentido.

Vuelven en sí rodeados de guerreros y sacerdotes, en una gran caverna subterránea, en lo más alto de la cual brilla un sol artificial que arroja una luz cegadora y en cuyo centro se abre, tétrico y ominoso, un agujero negro que semeja una boca maligna y venenosa. Foster enciende un cigarrillo y aquellos seres blancos como la escayola, que jamás han visto el fuego, retroceden espantados ante la llama de la cerilla y el humo que echa por la boca, lo que aprovechan los terrestres para matar al gran sacerdote y al jefe de los guerreros de sendos disparos de pistola, lanzar por los aires a los primeros que se les enfrentan, dotados como están de una fuerza muy superior a la suya, y huir por la primera galería lateral que se encuentran.

Avanzan en la oscuridad y caen por una abertura del suelo sobre una masa de agua, hasta que llegan extenuados a lo que suponen una orilla, para despertarse en otra caverna, a la que los ha conducido su salvadora, la princesa Narahna, verdadera soberana de aquel reino, "una muchacha alta, esbelta y lindísima, que tenía una dulzura en la mirada; tal refinamiento e inteligencia expresaban aquellos ojos, que contrastaban grandemente con la dureza y bestialidad que reflejaban los rostros  de los guerreros y sacerdotes. No era una belleza del género terráqueo, pero tenía un no sé qué de original encanto que la hacía intensamente atractiva".       

Medio por señas, medio por las palabras que van aprendiendo, conocen que es muy querida por su pueblo, aunque tiene en contra al clero y el ejército, quiero decir a los sacerdotes y a los guerreros, quienes han dispuesto que sea una de las próximas víctimas que se sacrificarán al dios sol al final del día lunar, quince de los nuestros.

Como cabía suponer, el dios es el monstruo más horripilante y asqueroso que imaginar se pueda, pero Foster tiene cerillas y Winslow un soplete.

Un excurso personal. "Señora, vuestro recato es ya en demasía", le dice el Guerrero del Antifaz a su amada cuando ésta se niega a pasar sus brazos alrededor de su cuello para descolgarse por la escala con que huir de la torre en que está prisionera: así eran nuestras heroínas. En cambio, esta princesa de creación yanqui abraza, besa y se deja desnudar sin pestañear por el terráqueo, premiándolo con una sonrisa cuando ha terminado. No es de extrañar que uno, joven inexperto y pueblerino, cavilara sin acierto sobre la naturaleza de la mujer.

Una contribución importante a esta estirpe de narraciones fue la que le proporcionó Ray Cummings, esencialmente un escritor de pulps, pionero de los modernos viajes al mundo del átomo.  Ray(mond King) Cummings (1887-1957) vivió de joven en media América siguiendo los pasos de su inquieta familia por los muchos lugares a donde la condujeron los muchos negocios que emprendió. Después se hizo escritor y permaneció activo durante más de treinta años, sobreviviendo a la crisis de los 30 y principios de los 40, llegando a publicar 750 narraciones de diversos géneros. Por lo que al nuestro respecta, trató ampliamente de las modificaciones de la materia, el espacio y el tiempo, rompiendo moldes y aportando nuevas concepciones a la literatura de ciencia ficción. 

El año 6 a.G. (antes de Gernsback), 1919 d.C., cuando trabajaba para el famoso Thomas Alva Edison en un puesto modesto de su organización y no como su secretario, que a veces se ha dicho, en el número del 15 de marzo de All-Story Weekly publicó su primera historia, la novela corta The Girl in the Atom,que causó verdadera impresión. Fue un éxito de tal naturaleza que hizo que se interesaran por Cummings las grandes editoriales inglesas y americanas, honor e ingresos reservados hasta entonces únicamente al gran Burroughs entre los autores del género.     

Al comienzo de la novela el Químico mantiene una reunión con sus amigos el Hombre Muy Joven, el Gran Hombre de Negocios, el Banquero y el Médico, reunión intencionadamente semejante a la del Viajero y sus amigos en La Máquina del Tiempo de Wells. Les comunica que ha descubierto una droga capaz de modificar el tamaño de los seres humanos, aquí con vocación de la poción "Bébeme" de Alicia en el País de las Maravillas. Ha descubierto realmente dos drogas, una que agranda y otra que empequeñece, no sólo a las personas sino a las ropas que visten y a los objetos que llevan consigo.

Antes, con un electromicroscopio gigante, de tubo de veinte pies, ha examinado un átomo de un anillo de oro y ha descubierto que existen en él varios mundos, en uno de los cuales ha encontrado a Lylda, una hermosísima princesa oroide de la que se ha enamorado. Ha viajado a su pequeño planeta y ha pasado en él una semana terrestre, que es más allí debido a la relatividad del tiempo, y va a volver para casarse con ella. Esta vez no regresa y sus amigos depositan la sortija en el Museo de la Sociedad Americana para la Investigación Biológica. (Esta historia se recoge en la buena antología de Francisco Arellano La chica del átomo de oro y otros cuentos antiguos de ciencia ficción, editada por "Páginas de Espuma").  

Tenía que haber una continuación -lo que los americanos llaman sequel y algunos traducen malamente por secuela-, que llegó un año después en otra novela corta que, en la posterior edición en libro, acompañó a la primera como un solo título. The People in the Golden Atom se compuso de seis entregas seriadas aparecidas a partir del número del 24 de febrero de 1920 de la misma revista.

Han pasado cinco años y el Médico abre una carta que le ha dejado el Químico: contiene la fórmula de las drogas e invita a sus amigos a reunirse con él si para esa fecha no ha regresado. Tres de ellos se encaminan al mundo del átomo y el Banquero, que es el Hombre de Más Edad, se queda al cuidado del anillo.

Su tránsito se describe con detalle y está bien conseguido: ellos no perciben su disminución de talla, sino el aumento de tamaño de las cosas que los rodean y, reitero, con buenas descripciones que a veces recuerdan el viaje fantástico de Verne al centro de la Tierra. Encuentran a su compañero casado con la bella Lydia y el Hombre Más Joven se enamora también y se casa  con otra mujer de ese universo, convirtiéndose ambos en gigantes relativos cuando estalla una guerra civil y toman partido por el bando a que pertenecen las muchachas que han desposado.

La tercera novela de la serie fue The Princess of The Atom: Cummings vuelve sobre el tema pasados varios años y ya no reviste el mismo interés que las anteriores. Dianne, del universo del átomo, asciende a la Tierra y regresa a su mundo acompañada de un grupo de terrestres para derrocar a un tirano despótico. Apareció en otras seis entregas publicadas a partir del número del 14 de septiembre de 1929 en Argosy, otro magazine de Munsey. Antes de que surgieran las primeras revistas dedicadas en exclusiva a publicar relatos de scientifiction, éstos aparecían en revistas de carácter general, como Argosy, la que más, o The Cavalier y la citada All-Story Weekly, donde vieron la luz varias de las grandes narraciones de proto ciencia ficción.  

El universo del átomo era un filón para Cummings y, rematada la trilogía inicial, regresa de nuevo a él en el número de marzo de 1931 de Astounding con una novela en la línea de las precedentes, átomo de oro con protagonistas distintos de los primeros, aunque busque una relación con ellos. Prensa Moderna tradujo Beyond the Vanishing Point como La piedrecita misteriosa y, tras el tiempo de "La novela fantástica" y "Emociones", la sacó en el nº 2 de la efímera segunda época de "Aventuras", que se publicó durante los primeros meses de 1932.

El Doctor Kent, ya viudo, vive en Quebec con sus dos hijos gemelos Alan y Bara, de 14 años. Cuando un jorobado deforme, llamado Polter, que le sirve de ayudante de laboratorio, exige imperiosamente a Bara que se case con él, el profesor lo despide.

A poco desaparecen los dos hombres para, cuatro años más tarde, reaparecer sólo un Polter envejecido que secuestra a Bara, como había hecho antes con su padre. Alan, su amigo George Randolph y una princesa del mundo del átomo que ha robado drogas y alcanzado la Tierra, siguen a Polter y Bara hasta encontrarlos: el jorobado lleva a la empequeñecida Bara en una jaula de oro que pende de su cuello por una cadena del mismo metal.

Otro excurso. Teniendo en cuenta los diámetros relativos del sol y el núcleo atómico que hace sus veces, se puede estimar grosso modo que la reducción tendría lugar a una escala de 1:10-24, esto es, a la cuatrillonésima parte del original. Un electrón, partícula elemental indivisible entonces, tendría una atmósfera respirable y una superficie con mares, ríos, selvas y bosques con árboles y plantas y toda clase de animales, entre ellos seres humanos que hablan una lengua semejante a otras de la Tierra, días de 24 horas y brújulas que señalan el Norte. Hasta es posible que algún microVerne local escribiera Un Viaje al centro del electrón. Es más, el autor insinúa que cada átomo de los cuerpos existentes en ese electrón podría contener un universo completo, de la misma manera que nuestro Sistema Solar podría ser tan sólo un átomo de un macrouniverso superior.

Obviamente, el poquito de morbo se agazapa en la manera en que el repulsivo Polter lleva a Bara en una jaula, como si fuera un trofeo de caza. Si, cuando la muchacha  tenía 14 años, exigió casarse con ella y la acosaba de tal modo que su padre hubo de despedirlo, queda a la imaginación de los lectores lo que sería capaz de hacerle ahora, tras raptarla y disponer de su cuerpo para reducirlo o volverlo a su tamaño a su antojo.

Así debió entenderlo Bruguera, que la llamó La jaula de oro cuando la reeditó en su colección Biblioteca Iris, serie popular, es de suponer que por error, pues debió corresponder a la serie fantástica. La cubierta, de Salvador Mestres, autor asimismo de la ilustraciones de texto, representa precisamente a Bara en su jaula. Salvador Mestres Gispert (Barcelona, 1910 - 1975) fue ilustrador y dibujante de cómics. En los años 30 creó para la editorial El Gato Negro, la antecesora de Bruguera, personajes que tenían los rasgos de Marlene Dietrich, Shirley Temple o Clark Gable. Durante la guerra dibujó la serie de ciencia ficción Aventuras en la estratosfera y, después, otras historietas, a más de desarrollar una importante labor como director y guionista de cortos de animación.

Estas princesas aparecían más en obras de juventud que de madurez de sus autores, lo que no es el caso de Aladra Septama, que ya era un abogado cincuentón cuando en 1930 escribió The Princess of Areelli. Dice Jacques Sadoul que "siempre le había intrigado el nombre extravagante de este autor, pero que nunca había podido saber de quién se trataba, ni siquiera si era un hombre, una mujer o un extraterrestre", parafraseando las palabras de Henry Kuttner cuando leyó el primer relato de la que luego sería su esposa, Catherine Moore; hoy no encierra mayor mérito conocer que se llamaba Judson W. Reeves (1874-1950). En su día le dejé a Sadoul esta  novela en castellano en su oficina de París y concerté con su secretaria una cita a la que después no pude acudir, así que supongo que se preguntaría a qué venía aquello.

Se trataba de una novela más de Prensa Moderna de las que ya he dicho que no eran de "a duro" porque por un duro podías comprar diez: costaban 50 céntimos de peseta aquellos libritos pulp -nunca los hubo más pulp- de la editorial de "El Sheriff", "Rocamnole" y otras colecciones populares más que echaron a andar a finales de los veinte y principios de los treinta. Una de las que vengo tratando fue "La novela fantástica" -y no "El mundo fantástico", que dice Vázquez de Parga en Héroes y enamoradas-, de periodicidad semanal, proyectada del 1 al 100 como de rigor, cifra que ni remotamente llegó a alcanzar: sólo la colección "Aventuras", en su primera época, llegó al previsto centenar de títulos.

El nº 13 de "La novela fantástica" fue The Princess of  Arelli, en 1931, traducido del número de verano de 1930 de Amazing Stories Quarterly como En el centro de la luna, que nos presentó a otra princesa sideral, ésta la selenita Altara, a la que, si no fuera una novela tan inocente, bien podría haber encontrado desnuda en la luna el astrónomo americano Frederick X. Harding porque la alcanza ya desposado con ella: la conoce por radio y telescopio desde la Tierra y contrae un matrimonio a distancia.

A las pocas horas parte desde Perú en el Terraluna, el buque-cohete que ha construido y con el que llega a nuestro satélite. El navío aéreo se eleva primero como un globo y, cuando ya ha conseguido determinada altura y velocidad, entran en funcionamiento sus máquinas explosivas. El autor tiene un cierto prurito científico y aclara que, en los vehículos disparados como proyectiles, la aceleración inicial es tan fuerte que mata a sus tripulantes. También dota de reguladores de gravedad a los terrestres en la luna.

El reino de Selene, en su lengua Arelli, está habitado por seres en todo iguales a nosotros, que poseen una civilización mucho más antigua que la nuestra. Hace cientos de miles de años se refugiaron en el interior del astro cuando en su superficie se perdió la atmósfera, pero ahora han descubierto la manera de obtener aire y agua del éter mediante corrientes eléctricas y están volviendo a subir.

Dice también Sadoul que "su relato está dentro de la mejor tradición de Burroughs" -¡ya quisiera Septama!- Y cuenta que la princesa "será salvada de muchos peligros por el joven llegado a nuestro satélite", lo que tampoco es tal: sólo corre un peligro cuando la rapta un pretendiente despechado, pero no es el terráqueo quien la salva. En todo caso, se trata de otro intento de violación no consumado.

Llamo la atención de los monarcas y princesas suscritos a esta colección sobre un diálogo en que el rey le dice a su hija "Tu Alteza..." y ella le responde "Tu Majestad..." Estos yanquis republicanos en su mundo, en estas novelas visitan otros que nunca están gobernados por un mandatario electo, sino por un rey o una reina, lo que no deja de ser una manera de distinguir entre la realidad y la fantasía.

Los arelianos son amables y felices, además de vegetarianos, desconocen el dinero y cada uno trabaja en la tarea que se le asigna, recibiendo a cambio no ya cuanto necesita, sino cuanto apetece. Sólo unos salvajes bárbaros viven en las profundidades, al margen de la ley: entre ellos los ricos compran o alquilan mujeres, a cambio de víveres, y los pobres reciben las que los ricos desechan o toman otras por la fuerza, como explica llena de rubor la princesa a su marido tras el rapto.  

La reedición de Bruguera llevó el título de El secreto de la luna y apareció en el nº 3 de la serie fantástica de "Biblioteca Iris", de presentación semejante a los de "La novela fantástica" pero de un tamaño algo más chico, 21x15'5 cm., y salieron también un poco antes. La cubierta en color y las ilustraciones interiores en negro fueron aquí nuevamente de Salvador Mestres.

Conoció una continuación, Terrors of Arelli, en el siguiente número de Amazing Stories Quarterly, el de otoño de 1930, traducida como El satélite pavoroso en el nº 10 de la colección "Emociones", siempre de Prensa Moderna, con una cubierta de Max Ramos que permite advertir que ya ha llegado la República y se podían dibujar cosas antes vedadas.

Es un relato de menor interés que quizá no hubiera tenido cabida en las páginas de la revista si no se tratara de una seuqel. Los terrores de Arelli están asustados por unas fieras que habitan en las profundidades y aparecen cuando se excava para ampliar las moradas de los niveles inferiores. Aunque matan a mucha gente, sólo se describen como los animales más espantosos que nadie haya podio imaginar; eso sí, los horrendos monstruos llegan "silbando, aullando, graznando, chillando, rugiendo y bramando".

La escasa acción ha de completarse con otras dos secundarias. Una, la construcción de una nave mayor que la Terraluna, en la que viajan ahora los amigos de los protagonistas que se habían quedado en la Tierra. Se llama Altarasana, en honor de las dos figuras femeninas, Altara y Sana, las esposas de las dos figuras masculinas.

La otra acción de la novela, a más de aclarar que el primer viaje a la luna se efectuó a finales del verano de 1938, se centra en el descubrimiento de los memoriales arelianos, que se remontan a quinientos mil años en el pasado. Contienen imágenes detalladas de la Tierra desde antes de la aparición del hombre sobre su superficie, sugestivas rutas de los itinerarios Luna-Tierra que siguieron en sus remotos viajes y hasta noticias de la Atlántida, que se hundió exactamente 4.111 años antes, esto es, en el 2.173 de nuestra Era Antigua, más o menos cuando hacíamos las primeras observaciones astronómicas en Mesopotamia.

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Este artículo se publicó como prólogo de Las novelas de Prensa Moderna, II: Las princesas siderales, en La Biblioteca del Laberinto, Delirio ciencia ficción, de Francisco J. Arellano, Madrid, 2011.

 

 
 
 

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