Presentación
Apuntes
Artículos Biblioteca
Contacto
 
 

El abulense José Zahonero Vivó (1853-1931) cursó estudios de Medicina y Derecho en las Universidades de Granada y Valladolid. De ideología republicana y, en principio anticlerical, tomó parte activa en los acontecimientos revolucionarios de 1874 y, al restaurarse la monarquía, se exiló en Francia.

A su regreso a España colaboró en varios periódicos madrileños y participó en la vida literaria de la capital, asistiendo a numerosos actos en el Ateneo. Pronto destacó como cuentista, con relatos irónicos e infantiles, género en el que alcanzó justa fama. Después se dedicó a la novela, muy influido por Zola, siendo gran defensor del naturalismo en la prensa y en controversias.

Pasado el tiempo se hizo practicante de la religión, a cuyo servicio puso su empuje de polemista. En 1927 la Asociación de la Prensa de Madrid le otorgó un curiosos premio a la vejez. De estilo fácil y suelto y domino del decir, se sitúa entre la generación realista de Galdós y la posterior generación del 98.

Cabe a Zahonero el mérito de haber imaginado un hombre menguante en todo semejante al de Richard Matheson, más de cincuenta años antes de que lo hiciera el norteamericano.

 

La narración apareció primero en una revista como El doctor Hormiguillo [1]y, años después, reescrita con mayor extensión y alcance, como El doctor Menudillo [2] en una antología de relatos del autor, sin mayor pretensión que la de ser cuentos infantiles. Pronto va a reeditarse en la colección La Biblioteca del laberinto, de Paco Arellano, en un volumen de cuentos seleccionados con su buen conocimiento por Mariano Martín Rodríguez.

El Dr. Menudillo, naturalista y viajero explorador, ha desaparecido sin dejar rastro. Sus colegas especulan sobre todas las posibilidades de esta desaparición, incluso las más fantásticas, hasta que aparecen sus Memorias, escritas en una hoja como de papel de fumar, con una letra tan chica que han de recurrir al microscopio para leerla.

Lo que ocurrió es que, cuando el doctor estuvo en la India, acudió a un bonzo sabio en ciencias esotéricas, para pedirle que le suministrara un licor que volvía de talla diminuta y mínima corpulencia a quien lo bebía: bebiéndolo podría estudiar mejor a los insectos, que eran su gran pasión. El licor también volvía claro el entendimiento y fresca la memoria, y sus efectos desaparecían al cabo de un tiempo, de modo que quien lo bebiera recuperaría después su estatura y su peso.

Menudillo, de 50 años de edad, parece un hombre de 25, mas un día amanece con el cuerpo descoyuntado, sufriendo grandes dolores a cada movimiento que hace. Cuando se decide a levantarse de la cama, ve con espanto que sus calzones son de doble tamaño que sus piernas: mide y abulta lo que un niño de ocho años.

Aún siguiendo en la cama, su mujer -al autor se le escapa que le llame todavía Hormiguillo- no puede por menos que darse cuenta de lo que sucede y le pregunta entre lágrimas qué es lo que le pasa. Él la consuela con medias verdades, fingiendo una alegría que no siente. Le dice que su achicamiento es sólo temporal, para estudiar a los insectos cara a cara y que, terminada la investigación, su publicación los hará ricos, al tiempo que él, por supuesto, recuperará su tamaño anterior.

Ve detalles de las cosas que nunca había percibido y oye ruidos que tampoco había escuchado antes. Termina por tener el tamaño de un dedo meñique y viste la ropa de un muñeco de su hijo Pepito, aunque ni a él ni a su hermana Carmela se les ha dicho nada de su transformación, para que no quieran jugar con papá y le pierdan el respeto. La madre les ha dicho que se ha ido a hacer un largo viaje.

A ella le pide que no lo meta en un cajón o un estuche, sino en una casita suiza que le regaló con dulces el día de su santo, y allí se instala, como Gulliver en la casita de muñecas de la niña gigante.

"¡Qué espectáculo tan nuevo y asombroso para mí aquel mundo pequeñito! ¡Qué maravillas contemplaba! Lo que hasta entonces había tenido yo por inútil y despreciable, resultaba entonces grandes y de provecho, a veces digno de admiración por su belleza."

Héroe de la ciencia, decide enfrentarse a una araña que ha tendido su tela en el techo de la habitación, animal ferocísimo que lucha con sus congéneres y la fuerte devora a la enteca, a más de al macho tras la cópula. La empresa es arriesgada, ha de subir hasta lo alto, que es para él como una montaña para nosotros, por una pared vertical. De respaldo de silla en respaldo de silla, llega al cordón de la campanilla y trepa por él, para pasar sobre el falso techo por el agujerito que da paso a un alambre que va a la alcoba, y así alcanza la madriguera del monstruo.

Santiguándose y persignándose, pidiendo la ayuda de Dios, muerto de miedo, acomete la hazaña armado con una lanza, una magnífica lanza, toda de acero, que era una aguja de hacer media.

"Formaba la extendida tela una especie de embudo prendido por sus bordes a la pared, y estremeciéndose y apuntándose hasta el cavernoso agujero, dentro de toda aquella trampa, cepo y red. Allí dentro rebullía una masa negruzca, el alma de aquel antro."

Embrazando su lanza, asesta a la araña tan recio golpe y con tal certero empuje, que la atraviesa de parte a parte, enclavando la punta de la lanza en el fondo de la covacha. El animal queda preso, abriendo sus largas patas y rebullendo furiosamente en su nido, sin poderse desprender de aquel acero que lo sujeta. Sacando su lanza, puede darle tales estocadas en la cabeza que la mata.

Todo el episodio está descrito con riqueza de detalles y la mayor plausibilidad posible, incluidos los miedos del doctor, los ánimos que ha de darse a sí mismo y su temor a que los trabajos de un hombre meñique no sean reconocidos por la comunidad científica.

Su mujer lo rescata y le pide llorando que abandone su mínima estatura y misérrima corpulencia para tornar a su estado anterior. Después ha de esconderse para que ella explique a la gente de la casa y a quienes se interesan por él que ha partido para una gestión secreta por encargo del Gobierno.

Y enseguida se prepara para su gran experiencia, que realizará en el jardín. Su mujer le hace una finísima túnica de plata a partir de la malla de un bolsillo de mano y un casco de oro a partir de un dedal. Teje redes diminutas y lo provee de agujas y aguijones proporcionados a su nuevo ser.

No llega a realizar su empresa porque se esposa le dice a su ayudante que ha muerto, para probarlo. Entonces el ayudante entra en su laboratorio con el propósito de hacerse con sus papeles y presentar sus descubrimientos como propios. Incluso el mozo del laboratorio, que presume que va a haber un nuevo amo, le sugiere que se quede con los papeles y también con la mujer, casándose con ella.

Completamente amargado vuelve a la casa, decidido a recuperar su tamaño, mas al pasar por la cocina salen de una cesta cinco docenas de monstruos, grandes para él cono elefantes, armados de terribles tenazas, que lo acometen con las peores intenciones.

-¡Dios mío!, ¡Dios mío! -grita su mujer espantada-. ¡Que a mi marido se lo comen los cangrejos! Lo rescata justo a tiempo y lo conduce a la cama, donde se despierta al cabo de unos días. Todo ha sido un sueño.

Tenían estos autores un verdadero complejo de verosimilitud para sus historias fantásticas, por lo que era frecuente que, ante la imposibilidad manifiesta de que hubieran sucedido realmente, las resolvieran en un sueño, como El anacronópete de Gaspar, el Viaje a Marte de Brocos y tantas otras. Ello no empece para nada el mérito de Zahonero en la creación de un primer hombre menguante.

NOTAS

1. Zahonero, José. "El doctor Hormiguillo", por entregas en El mundo artístico, Barcelona,, 1890-91.

2. Zahonero, José. "El doctor Menudillo", Cuentos estrafalarios y patrañosos, Tipografía de la Revista de Archivos, Madrid 1913.

 

 

 
 
 

© Augusto Uribe. No está permitida la reproducción de los contenidos de esta web sin el permiso expreso del autor.